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Opiniones de hoy

Leyendas urbanas

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Una camioneta, una tienda o una acera.

 

Una de las prácticas más antiguas y compartidas por todas las culturas del mundo radica en echarle mano a la imaginación y transmitir de generación en generación leyendas, cuentos, mitos o relatos fantásticos. Todos llevamos el recuerdo de alguna voz adulta revolviendo la magia en nuestra conciencia. Luego, el terror. Cuando la noche borraba los colores con su implacable oscuridad, temíamos ser testigos del escabroso llanto de la Llorona. O de descubrir el barco de la Tatuana pintado en nuestra pared: la bruja encarcelada que con una tiza dibujó un barquito en la pared, cerró los ojos y entrando en él se escapó de la prisión y de la muerte. O de alcanzar a ver la sombra del monje degollado cabalgando con su cabeza entre las manos. ¡Nos obligaban a comer la tortuosa sopa de berro, bajo la escalofriante amenaza de: “Ahí viene el Coco”! ¿Y qué me dice de la Siguanaba con su cara de calavera de caballo, sus ojos echando chispas de fuego y unos dientes enormes, como de bestia? Inolvidable también la mujer que vomitaba su alma en un guacal blanco, y ya sin ella se volvía mono para hacer brujerías.

¡Ah sombras y fantasmas! Comparsas de niñez, testigos y asistentes de cada centímetro que íbamos creciendo.

Pero ahora están de moda las leyendas urbanas. Esas que nacen del vientre de la ciudad. Ya no hablan de cualidades mágicas, de varas ni de transformaciones míticas. Ahora el encantamiento está en las armas y las víctimas son jóvenes, pilotos, niños, niñas, mujeres. A diario desparramados con un manojo de sangre entre los dedos. Surge un nuevo vocabulario al que los niños ya se están acostumbrando: narco, crimen organizado, sicario, extorsión, lavado o peculado. Ya los escenarios de estos relatos son una camioneta, una tienda, una prisión, un “hogar seguro”, una escuela o una acera. El encantamiento ha quedado rezagado. Hoy, los niños son testigos presenciales del terror. Estamos en el peor país para ser madre, el peor país para ser niño, el más difícil para vivir. Nos volvimos parte de las leyendas urbanas porque día a día somos posibles personajes de nuestro propio relato. Es simple, solo se trata de sustituir: lobo por traficante; ogro por violador; Coco por narco; duende por sicario; bruja por secuestrador o montaña mágica por una ciudad de concreto capaz de atraparnos dentro de su violencia diaria y cruel, impune, pero sin darnos una tiza para dibujar el barco que nos saque a todos de esta terrorífica y cotidiana leyenda.

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