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La gente finge creerles pero el olor a ladrón no se les quita ni lo cachimbiro tampoco.

Con una insensatez propia del bajo mundo, diputados encabezados por un señor comprado de apellido regalado querían sacar del hotel 7 estrellas conocido como El Mariscal, a un grupo de angelitos que se clavaron millones de quetzales saqueando el erario sin medida ni clemencia, sin contar los melones de dólares que están por imputarles de su inocente relación con Odebrecht, salpicados por pura casualidad. El descaro de proponer una ley consolidando la impunidad los remite a una conducta irregular propia de la mara five, pensando que la curul es sinónimo de cinismo o alfombra de mafiosos. Bueno sería meterlos al tambo y que compartan las mieles del paraíso con sus admirados cuates comiendo juntos manías con sal unos 20 años. Otro que bien baila es el diputado jengibre que anda pidiendo con locura ayuda para que retorne el transfuguismo en todo su esplendor, y comparándolo con el divorcio por diferencias irreconciliables, nada extraño será que en el próximo show incorpore al tercer sexo en la merienda de negros que vive armando en el Congreso haciéndose el chistoso. El menú elaborado incluye atacar a la CICIG, al MP y a míster Robinson sin miserias, uniéndose por amor al arte los mañosos y la derechona para sacudirse según sus cálculos biliares, tres pájaros de un tirón, don Agosto Ligo especialista en transas es el que organiza cerca del Potomac las cenas con los senadores gringos. A pesar de recibir un trato digno de jefes de Estado se quejan por tacaños que sale cariñoso y por las críticas que les hacen los izquierdosos que no comprenden su patriótica defensa de la soberanía, ni sus ataques feroces a los que la mancillan según ellos, solo por ayudar a que se haga justicia en la eterna primavera, devastada y jodida por un huracán de corrupción y fanatismo peor que el fufú y el Fifí juntos.

El asunto es complejo y no falta quien diga que no tenemos remedio, que la herencia es colonial y por esa razón nos gustan los caudillos, culpando a Colón por venir a estas tierras y no descubrir Sumatra o la Sutra cerca de Borneo Hernández, y sin empacho dicen que si nos hubieran colonizado ingleses o franceses, otro gallo cantaría. La polémica está servida hasta que el tiempo se aburra y la juventud logre con ayuda de los algoritmos deshacer el sistema republicano que nos amarra a los tres poderes, inventando robots que legislen interpretando las necesidades del pópulo sin dedicarse a robar a lo bestia ni entrarle al fresco con devoción y lo mejor de todo, sin pagarles ni un len ni aguantar a una retahíla de mañosos ignorantes y corruptos. Algunos no saben contar ni cuentos, menos dividir como no sea al partido que los postuló al cargo, renunciando cuando las mordidas escasean. Otros son enemigos de los números y presiden la comisión de Finanzas, sin olvidar los de Relaciones Exteriores que andan preguntando dónde queda Belice. En la calle con dificultad ganarían el salario mínimo. Con el sueldo que perciben se vuelven locos y más con el pisto que les dan a escondidas por iniciativas de ley como la que pretendían aprobar, ayudando a los honrados que están en el bote empujados por la tentación de recibir unos meloncitos de mordida, pensando que tendrían la suerte de otras joyas de conocida trayectoria que viven como reyes con el pisto que se clavaron hace décadas, consagrados a esconderlo en inversiones tipo lavativa y tratando de convencer a la société que son honrados. La gente finge creerles pero el olor a ladrón no se les quita ni lo cachimbiro tampoco. Si los diputados insisten en convertir en una zarabanda el hemiciclo, el día menos pensado –emputado de tanta jodedera– el pueblo los va a sacar a cachimbazos como dice don Álvaro, o de repente le prende fuego al antro con los bebés adentro. Sería un cementerio esplendido dicen porai, sin dejar de tener algo de razón.

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