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Opiniones de hoy

Las niñas de Guatemala no murieron de amor

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Lo único parecido al poema es “detrás iba el pueblo en tandas, todo cargado de flores” que volvió a la plaza para decir que este tipo de Guatemala, ya no queremos.

 

Era la Nueva Guatemala de la Asunción en el año de gracia de 1877, cuando llegó procedente de México, a la pequeña y pacata ciudad, el poeta y revolucionario cubano, José Martí. Tenía entonces 24 años. Era marzo, un mes caluroso. Había otros cubanos en el Valle de la Ermita, la mayoría intelectuales o artistas, algunos exilados. José María Izaguirre, maestro cubano, era director del Instituto Nacional Central para Varones, en los tiempos de la Reforma Liberal de 1871. Otro poeta cubano que vivía en la ciudad era José Joaquín Palma. En una de las tertulias que tenían lugar en la casa de Don Miguel García Granados conoce a su hija María García Granados y Saborío, de 17 años, quien posteriormente fuera inmortalizada con el poema “La Niña de Guatemala”. La historia de amor, a pesar de corresponderse, no tiene final feliz. Martí, estaba comprometido con Carmen y volvió, volvió casado. María se murió de amor el 10 de mayo de 1878. Este poema de 1891, como el dicho de ‘Guatemala a Guatepeor’, es bastante conocido en diversos países de América Latina e incluso fue musicalizado, interpretado y cantado por artistas de la talla de la argentina Julia Elena Dávalos, del mexicano Oscar Chávez, la Nacha Guevara y los Olimareños, solo para mencionar a los más conocidos. El poema completo: “Quiero, a la sombra de un ala, contar este cuento en flor: la niña de Guatemala, la que se murió de amor. Eran de lirios los ramos; y las orlas de reseda y de jazmín; la enterramos en una caja de seda…Ella dio al desmemoriado, una almohadilla de olor; él volvió, volvió casado; ella se murió de amor. Iban cargándola en andas obispos y embajadores; detrás iba el pueblo en tandas, todo cargado de flores…Ella, por volverlo a ver, salió a verlo al mirador; él volvió con su mujer, ella se murió de amor. Como de bronce candente, al beso de despedida, era su frente –¡la frente que más he amado en mi vida!…Se entró de tarde en el río, la sacó muerta el doctor; dicen que murió de frío, yo sé que murió de amor. Allí, en la bóveda helada, la pusieron en dos bancos: besé su mano afilada, besé sus zapatos blancos. Callado, al oscurecer, me llamó el enterrador; nunca más he vuelto a ver a la que murió de amor”. Era la Nueva Guatemala de la Asunción en el año de gracia de 2017. En el Hogar Inseguro Virgen de la Asunción, en uno de los municipios conurbanos a la ciudad fundacional u originaria, San José Pinula, niñas y adolescentes a cargo del Estado, provenientes de familias disfuncionales muchas de ellas empobrecidas o bien huérfanas, son diariamente maltratadas, violadas, torturadas y castigadas como en una cárcel. Había en el “hogar” el negocio de trata de personas. Les daban frijoles con moho y arroz envejecido, los familiares y amigos llegaron al colmo de meterles tortillas o pan, por las rendijas de las puertas, para alimentarlas. Varias denuncias fueron presentadas por la Procuraduría de los Derechos Humanos, otras instituciones vinculadas con el tema de la protección de la niñez y de la juventud y de familiares y amigos de las víctimas. Las autoridades no movieron un dedo. Algunos miembros de la Policía Nacional Civil, allí destacados por las protestas justificadas de las internas, no abrieron las puertas a la hora del incendio y murieron quemadas, hasta el último reporte periodístico cuarenta niñas de Guatemala. Era marzo con viento y frío. Lo único parecido al poema es “detrás iba el pueblo en tandas, todo cargado de flores” que volvió a la plaza para decir que este tipo de Guatemala, ya no queremos. Por ello es tan cierto el cartel de esta joven muchacha rubia que protesta desde Quito, Ecuador, en el cual se lee: Las niñas de Guatemala no murieron de amor.

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