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Opiniones de hoy

La fuerza de la ley

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Todos los días nos enteramos de que nuevas personas (adultos, jóvenes, adolescentes y niños de ambos sexos) han sido asesinadas, es decir que han sido ejecutadas con premeditación, alevosía, ensañamiento brutal, etcétera. Los cadáveres de las víctimas de la violencia que se acumulan son tantos que desbordan las morgues.

Los asesinatos se cometen en lugares despoblados y concurridos, en el día y en la noche, en fin en donde sea y a cualquier hora. Los móviles van desde el robo y la violación hasta el exterminio de familias enteras, pasando por la iniciación de pandilleros, la venganza, el silenciamiento, el linchamiento, la limpieza social y el simple gozo extravagante de dar muerte a alguien porque sí.

Con estupefacción vemos cómo en plena vía pública se asesina a madres y padres frente a sus menores hijos, a hijos enfrente de sus progenitores, a mujeres y hombres frente a sus cónyuges, a patronos enfrente de sus trabajadores, a pilotos de autobuses frente al pasaje y a maestros enfrente de sus alumnos. Muchos mueren violentamente con motivo del robo del vehículo, del reloj, del celular, de la cartera, de los anteojos, etcétera, o por resistirse a la extorsión, al robo o al secuestro.

También se intimida, amenaza o asesina a jueces, fiscales, testigos, víctimas y abogados, con el fin de asegurar la impunidad de los imputados. La impunidad también se asocia con la corrupción.

Todo el mundo es objetivo de los criminales. Esto porque no solo se están presentando asesinatos con móviles determinados, sino que también se está matando para generar pánico, zozobra y desesperación. Cualquiera puede ser una víctima propiciatoria para sufrir un atentado. Ninguno está inmune sea hombre, mujer, adulto, adolescente, niño, o trabaje como empresario, religioso, profesional, periodista, servidor público, maestro, sindicalista, académico, estudiante, ama de casa, político, activista, etcétera.

La vida no vale nada en este país sin ley o, más bien, en donde rige la ley de la selva, del sálvese quien pueda, del duelo, del ojo por ojo.

No obstante, aunque la situación está tenebrosa e impredecible, no nos cansamos de repetir que la única manera en que podemos salir del atolladero de la violencia criminal, es a través del imperio de la ley, que se rige por el principio del que la hace la paga, del que delinque es castigado. Mientras reine la impunidad y la justicia oficial sea ineficaz, el crimen seguirá rampante. Solo el imperio de la ley traerá orden, paz y prosperidad. Las vías de hecho y los atajos a la ley son caminos al propio infierno.

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