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Opiniones de hoy

En torno a la postura expresada por las cámaras empresariales

opinion

No reconocer a los indígenas lo propio, nos niega a todos la convivencia en paz.

 

Todos albergamos fragmentos de verdad y sin abrirnos a la vida de los otros, nuestra visión de la realidad, será siempre incompleta. Como seres humanos, reprimimos la violencia como método para resolver problemas. Crear empatía hacia quienes han sido históricamente excluidos es una deuda ineludible de afrontar para crear una convivencia pacífica. Pero, ¿por qué nos cuesta tanto el diálogo?

Comparto con González Campo el deseo de una Guatemala justa. Comparto también la invitación que hace a que nos informemos sobre las reformas constitucionales. Para mi esa “información” no está solo en los libros que cuestionan cómo se ha construido el poder en Guatemala, como por ejemplo La Patria del Criollo de Severo Martínez. Está sobre todo en las historias y vida de la gente; en sus miradas, sus necesidades, sus deseos, sus anhelos.

Los mismos que hoy piden que se les reconozca como legítimo su sistema de justicia, son quienes desde que Guatemala se fundó como República han estado ausentes de un proyecto de nación. Hoy el CACIF, en herencia de esa lógica criolla, reproduce esa exclusión. ¿Por qué?

Comprendo de dónde pueden venir sus miedos y algunas de sus maneras de percibir y de sentir. Sin embargo, no comparto cuando dicen que con la reforma de derecho indígena se creará más división en el país. No es acertivo el método que eligen para debatir, porque generan incertidumbre en torno al tema con preguntas dignas del necesario debate, pero particularizando a sus interlocutores, muchas veces discriminatoriamente.

En mi experiencia de convivir con pueblos indígenas (sin idealizarlos y sin visión “paternalista”) pongo por ejemplo el caso de Dorotea, una mujer de la aldea Chunimachucaj en Patzún, quien al tratar de denunciar a quien la violó, se encontró con ausencia del Ministerio Público.

En Nueva Zelanda no hay Constitución, sino más bien un tratado (Waitangi), en este se reconoce la biculturalidad en el que se incluye la cosmovisión maorí y sus costumbres sobre uso y cuidado de recursos. En este aparece la palabra maorí kawanatanga, la cual significa soberanía para los maorís. Con referencia al Tratado de Waitangi, las leyes ordinarias salvaguardan la relación de los maorís con su cultura, tierras, costumbres y sitios históricos.

También en otros países como México, Bolivia, Colombia, el derecho indígena funciona y es reconocido. Son debates que se dieron hace muchos años.

Ante este debate en el que se puso de manifiesto mucha desconfianza, temores y rabia, en el que cada cual pareciera meterse en su trincheras, veo que muchos se preguntan por qué estas leyes indígenas no están escritas, ¿podemos comprender que existen culturas ágrafas que le dan más valor a la palabra enunciada que a la palabra escrita? Nueva Zelanda nos demuestra que un tratado basta.

El sistema de justicia en regiones de culturas diferentes dentro de nuestro país pueden obedecer a prácticas sin escritura. Todos estos sistemas de justicia son propios de la manera en que los indígenas organizaron la vida antes de la llegada de los colonizadores. Estos han sido modificados y renovados, como por ejemplo con el sistema de cofradías, los abuelos, los alcaldes rezadores y ahora, los Cocodes. Dichos sistemas han sido funcionales.

Decimos –en teoría– que queremos el bien de todos, pero en la práctica, les negamos el derecho a los otros y somos incapaces de preguntarnos por qué los indígenas hacen las reivindicaciones que hacen. Como dice un mi cuate: (al plantear ciertas posturas incongruentes): ¿cómo entender a quienes trabajan “provida” pero defienden la pena de muerte o bien, defienden que se construya un muro y que se deporten a nuestros hermanos centroamericanos o que se niegue el derecho a una justicia propia indígena?

Decimos que creemos en el bien común, pero somos incapaces de reconocer que este es un país pluricultural y que hay una población que ejerce sus derechos y costumbres legítimamente, a pesar de ser históricamente excluida del proyecto de República.

Las reivindicaciones de campesinos e indígenas son legítimas, no son producto de manipulación, como se cree. ¿Por qué nos cuesta tanto ver que no cambiar las reglas del juego y no reconocer y tender puentes hacia los indígenas es lo que creará y profundizará más la división de esta sociedad? No vale ignorar la existencia de los que siempre han sido ignorados. No reconocer a los indígenas lo propio, nos niega a todos la convivencia en paz.

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