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Opiniones de hoy

Debemos ver hacia el cielo

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El olvido y la negligencia con que se atienden los desórdenes de la conducta de los jóvenes en la familia y en la escuela se reflejan en el crecimiento de las pandillas.

Hay un refrán popular que dice miran la tormenta y no se arrodillan y la verdad que sí. Los acontecimientos que suceden en el país debe ser motivo no de preocupación sino de acciones efectivas para detener esa ola de violencia que, pareciera, es un asunto cotidiano al que se le ve con desdén. Al principio la autoprotección ciudadana empezó con tapar calles, bloquear vías para ejercer un mayor control sobre los visitantes y evitar pillaje, se pasó a la seguridad privada y lo más alarmante de ahora, es que se pasó a la organización de grupos particulares de choque, de vigilancia espontánea pero con armas de alto poder ofensivo. También hay un fenómeno que alcanza los niveles de escándalo y es la violencia sexual contra niñas cometida en el seno del hogar, porque ahí falta otra vigilancia y es la moral y la espiritual que surge como resultado de la enseñanza y práctica de principios.

La estructura de la familia como núcleo de la sociedad no alcanza para el comportamiento de los hombres en relación de los mismos hombres, que se han lanzado unos contra otros, lo que dice la Biblia “que se devoran entre sí” como consecuencia del angustioso asedio que imponen los enemigos y estos son la avaricia, la envidia y falta de contentamiento con lo que se tiene y por eso se ha llegado a los más altos niveles de corrupción y de ambición. Reglas para normar la conducta de las personas existen, pero se ha perdido el temor y el respeto y con ello se ha perdido el equilibrio de la armonía y la sana convivencia. Frecuentemente, como excusa, se señala la pobreza en la que vive un considerable porcentaje de guatemaltecos, pero es más grande la pobreza de tiempo que ofrecen los padres, la pobreza de orientación, de cariño, amor, de fortalecimiento de los cimientos de la familia. Aún hay más, como decía un conductor de la televisión mexicana, porque es la pobreza de amor hacia los semejantes, a los más cercanos del entorno y por eso se pierde la armonía, la tranquilidad y la paz que, multiplicado por conglomerado, tenemos ese irrespeto al niño, a la niña, al prójimo, al anciano, a la mujer. Por eso ocurren esas agresiones que todavía no tienen castigo ejemplar.

El olvido y la negligencia, con que se atienden los desórdenes de la conducta de los jóvenes en la familia y en la escuela, se reflejan en el crecimiento de las pandillas y la peligrosidad de sus operaciones que han dejado muerte y temor. De lo que hacen en casa cuando no hay un responsable, una autoridad ni física, ni moral. Solo hay una solución, buscar la sanidad espiritual y moral y eso lo encontramos en el Creador, del que nos hemos olvidado y alejado y por eso el mundo convulso en el que nos encontramos. Hay que recuperar e inculcar los valores extraviados. Y todo eso requiere sacrificio de vida que representa el tiempo que se debe dar a los hijos. Dejo para la reflexión: “cuando cruces las aguas, yo estaré contigo; cuando cruces los ríos, no te cubrirán las aguas; cuando camines por el fuego, no te quemarás ni te abrasarán las llamas”.

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