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Opiniones de hoy

El síndrome de doña Florinda

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“¡Vámonos, tesoro, no te juntes con esa chusma!”.

Doña Florinda es una señora solitaria que ha consentido a su hijo hasta el grado de volverlo indefenso. Su capacidad de amar no supera la culposa posesividad filial ni el platonismo cursi por un amante potencial que padece un conservadurismo acartonado y paralizante que lo hace cómicamente ridículo. Su existencia está apegada a las “buenas costumbres” pero ella las practica “fuera de lugar”, en un contexto de pobreza que las ha tornado obsoletas frente al cinismo pragmático de la modernidad. Y este contrapunto produce en ella una conducta a la vez cruel y sentimental que también la vuelve un ser cómicamente ridículo por desubicado. A pesar de su precaria condición, empero, doña Florida se cree parte de una aristocracia basada en los buenos modales y en la cabeza vacía. Muy similar, claro, a la aristocracia de verdad, esa que se sustenta en el poco dinero, en frondosos árboles genealógicos y en siempre dudosos títulos nobiliarios.

Se sabe que los superiorismos se fundan siempre en inferiorismos. Que el complejo de superioridad se asienta en un complejo de inferioridad y baja autoestima. De aquí que la ostentación y el exclusivismo en todas sus formas, expresen justamente una inferioridad y no lo contrario, como pretenden hacer creer. Por eso, la jactancia es un acto fallido de superioridad. Ya lo afirmaba San Agustín cuando decía que “La soberbia no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande pero no está sano”. Lo cruel de esta situación es que tal insania produce un intenso e insoportable dolor que se alivia ilusoriamente fingiendo que se es superior. Y entonces sobreviene el acto fallido de la soberbia. Es lo que les ocurre a los pobres que –como doña Florinda– fingen no serlo: por eso le da dinero a su hijo, para que él lo ostente ante los demás niños de la vecindad. Pero detrás de su soberbia sólo hay una pobre mujer hundida en su orgullosa soledad y falta de afecto. Por eso recurre a la cursilería (con el Profesor Girafales) y a la irracionalidad (con Don Ramón) a fin de “darse su lugar”: un lugar que sólo existe en su afiebrada imaginación.

El drama de todas las Florindas (o Florindos) del mundo fue expresado ya por Séneca cuando dijo que “No es pobre el que tiene poco, sino el que mucho desea”. Y esta pobreza se acentúa si lo que se desea está fuera del propio alcance, dada la circunstancia personal concreta. Aparece entonces el fingimiento, el superiorismo como expresión de un insuperable sentimiento de inferioridad y baja autoestima. Este es el síndrome de doña Florinda. El cual es aplicable a toda forma de soberbia, arrogancia y altanería (no sólo a las producidas por falta de dinero), y a toda persona que adopte el fallido acto de mirar al prójimo por encima del hombro. Emerson lo decía: “La pobreza consiste en sentirse pobre”. No tanto en ser pobre.

Pero esto no debe leerse como un mensaje para ser falsa ni verdaderamente modesto, humilde y abnegado. El síndrome de doña Florinda es un acto fallido de superioridad. Pero cuando la superioridad es real y concreta, y entramos en contacto con ella, no aparece como un acto fallido de soberbia, sino como un hecho efectivo de solidaridad humana, de amor despreocupado, inintencionado, natural y fluido. Por eso, las conductas exclusivistas, aristocráticas y oligárquicas de desprecio a la pobreza no expresan sino la patológica necesidad que los falsos seres superiores tienen de sus prójimos inferiorizados. Pues, ¿qué sería de los oligarcas que presumen de pureza de sangre sin las pobrerías indígenas y ladinas de piel oscura y terrosa? ¿Con quiénes se compararían para sentirse superiores? De aquí que un criollo que llega a Estados Unidos se porte humildito en aduanas y migración. Tal como Doña Florinda cuando aparece el Profesor Girafales. Sólo que a los Florindos y Florindas criollos, su Maistro Longaniza no sólo no les corresponde su amor sino que los rechaza. Es bueno sin embargo que sigan yendo a Disneyworld. Tal vez de tanto pasar por migración y aduanas entiendan por fin que semejan una vieja ridícula y cursi que si no fuera por sus crímenes sería tan sólo risible.

www.mariorobertomorales.info

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