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Opiniones de hoy

¿Qué hacer? ¿Qué camino tomar? VI

opinion

Es evidente que los funcionarios responsables de hacer cumplir los Acuerdos no hicieron su trabajo.

 

No puede negarse que uno de los intentos colectivos, serios y de buena fe desde los pueblos, las organizaciones e intelectuales indígenas –luego de firmada la paz– fue convertir al Estado en un campo de negociación para hacer avanzar sus derechos y demandas ganadas en el proceso de negociación. Sería injusto no valorar el trabajo de múltiples comisiones y de grupos de trabajo –integrados por cientos de mujeres y hombres que sobrevivieron el genocidio– que crearon e impulsaron propuestas y políticas sobre derechos económicos, políticos y culturales, ya no desde la ilegalidad o desde el extranjero sino desde los espacios formales que se abrieron.

Durante mis lecturas de documentos primarios elaborados por indígenas o en conversaciones con algunos actores o con líderes de comunidades he encontrado que los arropó un sentido de esperanza de que finalmente las fuerzas del Estado dejarían de asesinarlos, que había cesado la interminable huida o el esconderse dentro o fuera del país y que había llegado el momento en que las condiciones estructurales y culturales que los oprimían como pueblos estaban a punto de transformarse. Que en su lugar, Estado y pueblos, con el acompañamiento de la comunidad internacional, construirían instituciones que permitirían espacios de vida digna.

Sin embargo, cuando comparo los indicadores sociales que existían antes del conflicto armado, durante el conflicto armado y hoy, 20 años después, en los mismos sectores rurales, que en su mayoría son indígenas, es evidente que los funcionarios responsables de hacer cumplir los Acuerdos no hicieron su trabajo, en parte porque respondían a intereses de sus sectores de proveniencia, la mayoría de derecha y los pocos de izquierda no fueron sino un puñado de intelectuales que en el fondo nunca se despojaron de su eurocentrismo. Un ejemplo son quienes firmaron el documento que niega el genocidio en 2013.

Muchas veces, sin restarle responsabilidad de sus acciones a varios líderes y lideresas indígenas, he llegado a entender que su esperanza de la paz estuvo plagada de ingenuidad, porque creyeron que el Estado realmente cambiaría, que sus funcionarios ladinos y mestizos actuaban con honestidad. Sin embargo, en enarbolar esa fe, radicó la trampa para los indígenas.

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