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Opiniones de hoy

El retorno de los pastores

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Era una tradición que el 24 de diciembre siempre se aparecían por la casa los amigos de antes.

 

El aroma del pino, la manzanilla y el pie de gallo me llevaron hasta la 6a. calle de la zona 1, en donde Juanillo nos deleitaba con estimulantes tragos y la romántica música de Agustín Lara, y ahora en diciembre cobija a un montón de champitas que, ofrecen pastores, portales, árboles y tarjetas navideñas. En una de las champas compré cuatro tarjetas con una Huída a Egipto muy nuestra: sobre un asno famélico, la madre arrullando a un niño moreno y desnutrido; tirando del pollino un José canoso y encorvado. En la parte de adentro escribí un mensaje que calcé con mi nombre y los deseos por unas no tan intranquilas Pascuas y un no tan azaroso año venidero. Después de meterlas dentro de los respectivos sobres y pegostearlas por detrás puse los nombres con letra clara y grandota. En ese momento me di cuenta que no tenía las direcciones, pues si bien sé cuándo se ausentaron los amigos, no sé ni dónde están ni para dónde se fueron. Por eso rasgué los sobres y las envié a elPeriódico.

Era una tradición que el 24 de diciembre siempre se aparecían por la casa los amigos de antes. Guiados por el olfato se apostaban frente a los apastes de moronga, rábano y frijol-arroz a los que arropaban entre sudorosas tortillas, para después saborearlas con entusiasmo fraternal. Este friolento 24, la comida fraterna y el ponche amistoso, estuvieron esperando hasta entrada la tarde en espera de que los amigos llegaran a su encuentro.

Cansado de esperarlos encendí las luces del Nacimiento y me dispuse a reconstruirlo. Allí estaban como siempre dentro del portal: María, José y el niñote herencia de la Tía Matilde, flanqueados por el buey y la mula de Totonicapán; el montón de chivos de barro, madera y los tres de lana llegados desde Machu Picchu. Más allá de barro añejo: el cohetero, la vendedora de comales, la naranjera, los músicos tocando el tambor y la chirimía. En el lago en el que sobrenada la chalupa de Hurtado, el pescador noruego de Urrutia repara su atarraya, mientras observa mar adentro a la Santa María, elaborada por Guillermo Fortín; la carabela desde donde Rodrigo de Triana atisbó a esta sufrida tierra. La cruz de barro que cargan doce peruanitos de Alejandro, precede a la procesión de la Merced y al desfile de Dolores, al mismo tiempo que Chespirito sonríe jubiloso.

Veo entonces a varios pastores que retornan a los pies del patojo: Alfredo, Mario, Ronaldo, Ángel, Jorge, Roberto, Maco y Fernando. El Niño Dios ve la larga fila de amigos, listo para recibir los regalos que le llegan año con año y que después distribuirá entre los más necesitados.

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