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Opiniones de hoy

La violencia en el fútbol

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Más allá de los goles, hay desarraigo social, pandillas y criminalidad.

Por enésima ocasión, la violencia y el fútbol volvieron a aparejarse. Los disturbios tras el partido de semifinal entre Antigua y Comunicaciones dejaron como resultado a más de 60 personas capturadas, decenas de heridas y miles de quetzales en pérdidas materiales. Y a diferencia de lo ocurrido en abril 2014, cuando las disputas entre aficionados provocaron la muerte de Kevin Díaz, en esta ocasión por lo menos no hay muertes que lamentar. Así de salvaje se ha tornado el mundo de la afición.

He aquí el primer problema: que el fútbol sea de las principales fuentes de entretenimiento para el guatemalteco, no es secreto. Sin embargo, en una sociedad con un débil tejido social, altos niveles de anomia y propensión a la violencia, la rivalidad entre equipos trasciende lo deportivo. Esta tendencia es propia de sociedades desarraigadas o con divisiones sociales, religiosas, étnicas o culturales, en donde el deporte se convierte en válvula de escape de
frustraciones colectivas.

Un segundo problema es el fenómeno de las barras bravas. Originadas en la Argentina de los cincuenta, los grupos de hinchas organizados con tradiciones, cánticos y demostraciones se expandieron por América Latina en los noventa. Sin embargo, en un estudio sobre sociología del fútbol, el antropólogo argentino Sebastián Bundio explica que las barras se integran principalmente por jóvenes de estratos populares suburbanos, sometidos a mayores niveles de frustraciones. Dado que el desarraigo les afecta directamente, la pertenencia a una hinchada y su identificación con un club, son alternativas generadoras de identidad. La anomia social, las pasiones exacerbadas y las rivalidades que trascienden lo deportivo, les vuelve proclive a recurrir a la violencia para defender esa identidad común.

Del análisis de Bundio resalta la similitud de condicionantes entre la participación en una barra y en una pandilla. Por ello, en países donde proliferan las maras, su vinculación con las hinchadas ya es una realidad. En Honduras, tras la desarticulación de una clica Salvatrucha, se descubrió que sus integrantes eran líderes de la Ultrafiel, barra del Olimpia y hermana de la VltraSvr’ crema. Mientras que en Ecuador, la dirigencia de las barras vinculadas al Emelec se convirtió en una estructura mafiosa asociadas al tráfico de drogas. Que en Guatemala ya se repliquen estos males, no resultaría una sorpresa.

Dicho de otra forma, la violencia deportiva resulta el reflejo de un mal mayor. Esto implica naturalmente que atender las causales de la misma requiere de un esfuerzo que trascienda a los equipos y dirigencia deportiva. Requiere primero de una política agresiva de control de la violencia por parte de las autoridades de Gobernación y las Municipalidades. Requiere también de un esfuerzo de depuración interna. En ocasiones, los mismos clubs deportivos se interrelacionan con la dirigencia de las barras bravas. Romper el ciclo de la violencia requiere que los mismos equipos denuncien y marquen distancia de aquellas agrupaciones de aficionados que incitan la violencia.

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