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Opiniones de hoy

¿Cuál es el pánico?

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Si el candidato gana la elección, la gana y, si la pierde, la pierde.

 

Este es el sistema de distritos pequeños que acabaría con los mitos y con los zánganos, sistema que hace absolutamente innecesarias las absurdas “paridades” y las dádivas: En cada distrito –distrito pequeño– se elige un solo diputado y, así, si el candidato que gana la elección en el distrito llega al Congreso en tanto que quien la pierde, la pierde, sin premio de consolación alguno.

La Guatemala indígena –si tuviéramos distritos electorales pequeños– gozaría de amplia representación en el Congreso: candidatos indígenas ganarían en múltiples distritos sin necesidad de artificiosas paridades ni regalos: Llegaría el diputado, simple y llanamente –sin adornos– por una única razón –la válida– la de haber ganado en su distrito.

La voz de K’iche’, Mam, Tz’utujil, Kaqchikel, Q’eqchi’, garífunas, xincas –diputados que hayan ganado en sus distritos sería, así, una voz legítima –fuerte – vigorosa– surgida no de calenturas leguleyas sino de las entrañas de la tierra.

¿Cuál es el miedo? Roxana Baldetti no necesitó de ninguna “paridad de género” para alcanzar la Vicepresidencia de la República como tampoco la necesitaron, para tomar el mando Angela Merkel, Theresa May o Margaret Thatcher y –para casi conseguirlo– Hillary Clinton.

No los ha necesitado tampoco Zury Ríos para posicionarse entre nosotros así como tampoco Sandra Torres en su sostenida lucha –en el caso de esta última haciéndolo, incluso, en contra de los más ingratos y absurdos obstáculos.

Mujeres –por sus méritos– no por “género” –han ocupado nuestras más altas instancias estatales: Alma Quiñónez y Gloria Porras; Catalina Soberanis y Arabella Castro; Beatriz De León y Thelma Aldana; Maritza Ruiz de Vielman, para citar tan solo unos casos.

Regalar o poner camisas de fuerza por razón de género, es la mayor afrenta y humillación que podría darse –precisamente– por razón de género y –muchas veces encierra, segundas y terceras intenciones.

Si una sola es la diputación que se disputa y el distrito es pequeño –si solo obtiene la diputación quien gane la elección en el distrito– descartadas fórmulas “extrañas”, “raras”, “absurdas”, la voz del Congreso sería distinta porque sería la del propio pueblo, depositada su voz en los electos: su lealtad pagada con la reelección y su deslealtad con la derrota.

¿Cuál es el pánico?¿No que tan representativos los suspirantes del poder?

Bien saben algunos diputados –la mayoría– que jamás ganarían un distrito en el que bien se les conozca y prefieren sostener la forma de gana pierde en la que –perdiendo– llegan al Congreso.

Es esto, y no otra cosa, lo que explica el pánico: A través de los distritos pequeños no habría quién ose arrogarse una representatividad de que carece.

Esta –la de los distritos pequeños– es la verdadera reforma política que sin aspaviento alguno nos llevaría a la refundación de Estado, reforma –la propuesta– que no constituye parche alguno.

Se trata, ni más ni menos, que de devolverle al pueblo su soberanía o quizá –mejor dicho– de entregársela –tal vez– por vez primera.

Vamos de fracaso en fracaso, queriendo descubrir el agua azucarada y, así, de las comisiones de postulación –se creían perfectas– se nos trata de meter ahora en otro monstruo de mil cabezas, el Consejo de la Carrera Judicial, un “nuevo” Frankenstein que puede ser tan malo como aquellas.

La primera reforma es la política y, sin esta, todas las demás salen sobrando.

La primera institución a salvar es el Congreso y, si esta no se salva, no lo logrará ninguna.

Dese al pueblo la oportunidad de estar en el Congreso –esto solamente podrá lograrse si los distritos electorales son pequeños– y, así, el pueblo ya instalado –veremos cómo será el pueblo y no las ocurrencias–, quien ponga en orden el Estado.

¿Dónde se encuentra, en toda la alharaca “reformista”, la Guatemala indígena? ¿Dónde su expresión y no la que se le quiere endosar por otros?

En tanto no se instalen en el Congreso –ganadas sus curules– los dirigentes indígenas estarán tan  ausentes como siempre.

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