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Opiniones de hoy

Comodidad versus sobrevivencia

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¿Nos gustaría saber que damos de comer plástico contaminado a nuestros hijos?

Cuando se presentó al Congreso de la República la iniciativa de prohibir las bolsas de plástico muchos consideraron que se trataba de un asunto baladí. Otros se sintieron molestos. ¿Cómo quitarles su comodidad por decreto? La verdad es que el plástico se ha convertido en algo omnipresente: tapaderas, frascos, envases de alimentos, empaques diversos y hasta el cepillo de dientes. ¡Todo es plástico!

¿A dónde van a parar estos objetos? Una hiperbólica cantidad de ellos termina en el mar. En el Océano Pacífico existe una isla del tamaño de Texas de objetos plásticos flotando a la deriva. Es sucio, es feo, pero es algo más: es peligroso. Para empezar pone en peligro la vida marítima. La venganza última es que el plástico nos regresa. De hecho, regresa directamente a nuestra boca, haciendo realidad el dicho aquel: darle una cucharada de su propia medicina.

El plástico se degrada muy lentamente… pero se degrada. Se parte en partículas cada vez más pequeñas. Las nanopartículas de plástico flotan en las corrientes marinas juntamente con el plancton. Son ingeridas por los peces, se incrustan en sus células. Cerca de 3 billones de seres humanos nos alimentamos de productos del mar. Productos del mar que están infestados de partículas de plástico. Además de que el plástico no está hecho para comerlo, resulta que se trata de un material altamente proclive a incorporar las toxinas de los productos que se almacenan en él. Así, se contamina de pesticidas, venenos y otras sustancias tóxicas. Cuando comemos plástico también estamos comiendo partículas venenosas. Entonces, al envenenar el mar con nuestros desechos, literalmente nos estamos envenenando nosotros mismos. El plástico vuelve a la fuente de donde salió: la irresponsabilidad humana sobre el ambiente.

Pareciera que los defensores medioambientales son unos adictos a la naturaleza. Y por eso, muchos desconfían de ellos. Ecohistéricos, les dicen. En realidad, no está en juego la vida de “la naturaleza” ese ente extraño y molesto. Está en juego la vida humana sobre el planeta. Si usted es nihilista y de hecho piensa que el mundo estaría mejor sin la raza humana, siga consumiendo plástico, arrójelo por todos lados, contribuya al envenenamiento masivo. Pero si resultara ser que aprecia a sus hijos, a sus nietos, si no desea verlos enfermos de cáncer, o de inmunodeficiencias antes desconocidas, empiece por cambiar su estilo de vida: reciclar, utilizar canastas y bolsas de tela, vasos de vidrio. Quizá pueda iniciar un proyecto de reciclaje en su colonia. Enseñar a sus hijos. Apoyar iniciativas de prohibición de los plásticos, motivar mediante un consumo consciente a la desaparición de estos empaques. En fin… nos toca a nosotros. Porque es un asunto de sobrevivencia.

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