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Opiniones de hoy

Seis, siete y ocho de diciembre

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Pero los verdaderos diablos han escapado y están pendientes de juicio o de captura por los crímenes que cometieron.

Quizá para muchos de los lectores esas fechas no dicen nada, y para otros simplemente el seis fue la víspera de la Quema del Diablo, pues el siete se inicia la celebración del día de La Virgen de Concepción y como otros años, en los barrios populares se quemó a más de un diablo. Pero los verdaderos diablos han escapado y están pendientes de juicio o de captura por los crímenes que cometieron. Para quienes no queremos olvidar, sino insistir en que el pueblo tome conciencia de las bestialidades que se cometieron en el país durante el conflicto armado interno, recordamos que el 6 de diciembre de 1982, durante la noche, soldados y kaibiles se preparaban para salir rumbo al Parcelamiento Las Dos Erres a cumplir las órdenes explicitas de “vacunar” a toda la comunidad. En la madrugada del día siete, ya estaban botando puertas, golpeando a los pobladores y reuniendo en las iglesias católica y evangélica, a hombres, mujeres, niños y ancianos, para empezar durante el día a exterminar a la población.

Algunos de los que hoy guardan prisión han de recordar cómo, después de golpear a los seres humanos, los tiraron al pozo, o cómo violaron mujeres, niñas y adultas a quienes después obligaban a que les cocinaran alimentos. Su “labor” la terminaron el día ocho y además de haber llenado el pozo, exterminaron en las aguadas y entre la selva a quienes encontraron. Del pozo localizado en el parcelamiento, se exhumaron 162 osamentas de las cuales 67 eran niños menores de 12 años. Cuando se exhumó, primero estaban las osamentas de los hombres, después las de las mujeres y por ultimo las de los niños. Los testimonios de los sobrevivientes son escalofriantes, pero también la confesión de quienes participaron en la matanza y se atrevieron a hablar.

Cuando llegamos a las Dos Erres, era el año de 1994, el conflicto armado continuaba y el temor nos acompañaba a pesar que las negociaciones de paz seguían avanzando. Teníamos la información del lugar, pero ya no quedaba nada, todo había sido quemado. Se iniciaron las excavaciones, pero pronto se suspendieron para continuar en 1995. El equipo sufrió múltiples amenazas, pasaban disparando por la casa en donde dormíamos y un día, más de 300 patrulleros se reunieron en la plaza del municipio de Las Cruces, gritaban y levantaban cartelones. Subimos a la tarima y les aclaramos que no teníamos nada en contra de ellos, que sabíamos de la responsabilidad del teniente Carías y del Ejército y que continuaríamos la lucha porque se hiciera justicia. Fueron momentos difíciles, pero se logró el objetivo de que los familiares les dieran cristiana sepultura y que el peso de la justicia cayera sobre varios de los responsables. El principal, quizá nunca llegue a la cárcel porque se sigue haciendo el loco, pero ya fue condenado por genocidio. Falta juzgar a los magistrados que anularon lo actuado por el tribunal. De la aldea, no queda nada.

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