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Opiniones de hoy

Sus asesinos

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“Ellos son los responsables de que el proyecto revolucionario se viera interrumpido, con la posterior cauda de dolor y muerte…”.

El 18 de julio de 1949 los asesinos de Francisco Javier Arana, con ese asesinato, pusieron fin a la Revolución de Octubre y, a partir de ese momento, del preciso momento en que fuera asesinado, vino a consagrarse entre nosotros esa cultura de irrespeto por la vida que nos ha hecho tanto daño: Quien irrespeta una vida, ninguna respeta y quien consiente en un crimen, en todos consiente.

La cauda de dolor y muerte que fuera sembrada con ese asesinato llegó a su clímax con las acciones de la insurgencia y la contrainsurgencia, decididas –una– a conseguir el poder por la fuerza –y la otra– de igual forma, a conservarlo.

Uno de los asesinos de Francisco Javier Arana fue el chofer de María Vilanova, esposa del Ministro de la Defensa Nacional, Jacobo Árbenz Guzmán, funcionario que desde El Filón, un monte cercano al lugar de los hechos, presenció el asesinato a perpetrarse. (El chofer asesino fue premiado posteriormente con una diputación en el Congreso). 

Los asesinos, después de matar a Francisco Javier Arana, y con él, reitero, a la Revolución de Octubre, inventaron la patraña de que no habían querido asesinarle, sino tan solo capturarle, desprovistos –sin embargo– la mentira cae de su propio peso – de una orden de captura.

Ya he emplazado reiteradamente a quienes encubrieron entonces y a quienes –incluso hoy– tratan de seguir encubriendo aquel asesinato –para que nos pongan a la vista la supuesta orden de captura, una empresa por demás imposible puesto que nunca existió.

Jacobo Árbenz, en su chillón discurso de renuncia y de la inconstitucional entrega que hizo de su cargo, no hizo sino derramar las lágrimas, llantos y lamentos, pucheros incluidos que –obviamente– no derramó con el asesinato de Arana, el 18 de julio de 1949, fecha en la que quedó determinado cuanto habría después de suceder, la prolongación sine die del irrespeto por la vida, la renuncia de Árbenz, su humillación y su exilio –determinados todos, desde entonces.

La Revolución de Octubre de 1944 fue una revolución plural y desembocaba, natural y democráticamente, en la posible elección de Francisco Javier Arana, cabeza militar de la misma, como futuro Presidente de la República, ganador cantado de las elecciones que habrían de celebrarse un año después, tal la popularidad de que gozaba –acordado incluso que no se enfrentarían en estas elecciones los dos extriunviros militares, acordado que Árbenz sería también candidato, pero en las elecciones sucesivas. 

Francisco Javier Arana representaba el equilibrio de la Revolución de Octubre y el indiscutido baluarte militar de su estabilidad política habiendo sabido prestar oídos sordos a quienes deseaban su acceso al poder por otras vías, lo que lamentablemente no hizo Árbenz, convencido este de que, si no lo tomaba entonces, no lo tomaría nunca: los seis años de la posible presidencia de Arana se le antojaban valladar insalvable.

¿Qué importancia podía tener la vida de un solo ser humano comparada con los fines de aquella revolución, cuando ya usurpada y encauzada al comunismo? “¡Qué trágica utopía!”.

La Revolución plural –la del 20 de Octubre de 1944 y Francisco Javier Arana debían ser exterminados ¿Qué importancia puede tener la vida si se trata de una sola? Con el asesinato de este, el final de aquella. 

La revolución plural se caracterizó, especialmente, por su reconocida probidad –la de Arana– funcionario que no se hizo de bien alguno a la sombra del poder y que supo conservar en su ejercicio austeridad y sencillez.

Ojalá llegue un 20 de octubre en que se haga justicia y, haciéndola, se indemnice a los deudos de Francisco Javier Arana como el mejor de nuestros posibles homenajes a aquella malograda Revolución que el 18 de julio de 1949, con su muerte, cayera también asesinada.

A Francisco Javier Arana no se le arrebataron bienes mal habidos –imposible arrebatárselos a un hombre, probo, que jamás los tuvo: A este, tan solo le arrebataron una cosa –tan solo una– ¿Qué importancia podría tener para los asesinos de entonces y sus encubridores de ahora? la vida…

(Aprovecho  para corregir el lapsus incurrido en mi artículo anterior: Cuando Jacobo Árbenz renunció, el Presidente de la Asamblea (el Congreso) era Marco Antonio Franco Chacón, Mayor del Ejército y no Julio Estrada de la Hoz).

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