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Opiniones de hoy

Nuestra vida material y ¿qué jocotes es la Macroeconomía?

opinion

“Cuando se apela a lo moral y a lo espiritual sobresale una preocupación por los pobres”. (Documento del G4: De la palabra a la acción, Reflexiones sobre la vida material de los guatemaltecos, divulgado en la prensa, 23 de noviembre).

Luego de la lectura de dicho documento me tocó la suerte de participar en un encuentro de empresarios y académicos preocupados por la situación macroeconómica de la que se dice en algunos círculos que camina como reloj suizo, aunque desde hace tiempo
algunos pensamos lo contrario.

Eso de lo macroeconómico se reserva a menudo para los grandes círculos de la gente con algo de plata, como le dicen aquí: los que contratan préstamos, los que compran dólares y bienes de todo tipo, ganado, casas, y construyen plantas industriales y agroindustriales.

Uno de ellos, platicando ante esas aves raras, que por aquí se llaman “economistas”, y que se reúnen en conciliábulos, en donde manifiestan sus irreconciliables diferencias, dijo lo siguiente: “me dan ganas de llorar con ver lo que aquí sucede”. Se quejaba así de la situación del tipo de cambio: que beneficia a los que no producen e importan y está afectando a los que exportan y reciben remesas.

Y me preguntaba yo: ¿Qué tal si le preguntamos cómo se siente, al desempleado que se gana la vida vendiendo pantalones en la acera de la 6a. avenida y 6a. calle de la zona 9?, ¿o al campesino expoliado del Polochic, asediado por los continuos despojos agrarios?

Felicidad y esperanza son poco estudiados por los expertos tecnócratas: ellos perciben que los mercados libres y la libertad individual, actúan mediante una atomística interacción gobernada por reglas abstractas, en donde cada agente es guiado por su interés propio, siendo que ello, por sí solo, nos llevará gradualmente al bienestar colectivo. Esa creencia, pareciera indicarnos el comunicado del G4, nos está llevando a procedimientos más interesados en manipular procesos internos que en perseguir resultados finales.

El asumir que la moralidad del sistema económico, recae en reglas abstractas que operan como valores últimos, porque guían a la individualidad a perseguir objetivos temporales, puede llevarnos a cierta eficiencia del sistema, pero a costa de una moral fundamental que es necesario edificar, vinculada a niveles de vida digna y sociedades más justas, nos indica un jesuita de apellido Gannon.

Luego de la Cumbre Social de Copenhague, allá por mediados de los noventa, se abrió en el Istmo una moda por las políticas sociales y garantistas. Recuerdo muy bien que a la abogada Annabella Morfín, hoy importante jerarca de la Procuraduría General de la Nación –PGN–, le tocó la coyuntura de liderar procesos de este tipo, como mandamás del Ministerio de Trabajo y Previsión Social, del gobierno de transición de Ramiro De León Carpio.

Luego de ello se lanzaron y relanzaron numerosos fondos sociales, y las buenas intenciones se convirtieron en empedradas calles del infierno, cuando tales programas se politizaron, al punto que hoy un joven/viejo Ministerio de Desarrollo Social, los infumables alcaldes del país y los inexpertos gobernadores de turno, derrochan millonadas bajo el pretexto de la “descentralización”.

La situación macroeconómica, la aparente estabilidad cambiaria, la baja inflación, el nivel aceptable de deuda pública en comparación con nuestros pares es, quizás, el último bastión de la política económica, que ni por asomo interactúa con una política social que ni siquiera existe ya.

En tal sentido, lo que se pretende es levantar la discusión que si bien nuestros problemas pueden ser económicos y de mayor racionalidad tecnocrática, también lo son de moral, de posturas y de políticas sociales de nuevo cuño.

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