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Opiniones de hoy

Hombres justos

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Los hombres, como las mujeres, se construyen en sociedad.

 

Parece que las luchas por la igualdad y la liberación de las opresiones no les interesan a muchos hombres. Creerse dueños de las mujeres los hace sentirse superiores, y de hecho eso les permite tener muchas ventajas. Debido a que ocupan un lugar privilegiado, donde se les otorga el poder de dominar, la mayoría se niega a dejar de ser machos. No miden los costos ni las consecuencias que eso tiene para ellos y para la humanidad.

Para pertenecer al género masculino, es necesario adaptarse al modelo patriarcal, cuyo núcleo y motor es la violencia. Muy temprano en la vida de los niños, se les inculca conductas, sentimientos y órdenes que deben cumplir para encajar en el sistema: se les agrede para hacerlos duros, se les instruye para ser los jefes. Les dan armas, lecciones de crueldad, se les impide amar. Quienes dan muestras de mayor sensibilidad o no se interesan por seguir a la manada, son descalificados y rechazados. La mayor tragedia de los machos es que con su misoginia, sexismo, homofobia, odio y violencia, destruyen aquello que desean y aman, impiden el bienestar.

La masculinidad, entendida como el conjunto de características y atributos que definen al hombre, en Guatemala está atravesada por el racismo: el odio y el desprecio hacia el otro/otra indígena es parte integral de su formación; la burla, el maltrato, la práctica de la fuerza bruta, son asumidos como formas adecuadas de relacionamiento, en la búsqueda de una identidad lo más cercana posible a la del señor-criollo-patrón, prepotente y explotador.

El chapín típico es –además de racista– un borracho clavero y violento, un huevón incumplido e irresponsable, un abusivo con las mujeres. Es un pésimo padre y como pareja, es atroz. Alardea de sus muladas, sin darse cuenta lo patético que resulta. Los medios de comunicación reproducen y machacan hasta el cansancio estas actitudes, maquillándolas como algo gracioso y normal.

A los patojos, al enajenarlos del trabajo de la casa, se les convierte en lamentables adultos dependientes, incapaces de cocinar sus alimentos o de administrar su vida. Pocos hombres se atreven a ejercer abiertamente la ternura, el cuidado, el amor, la amistad. Es tan fuerte el peso de la ley patriarcal, que permanentemente tienen que disfrazarse de guerreros, sumos sacerdotes o tiranuelos.

Afortunadamente, en el mundo y aquí hay hombres que han tomado conciencia de lo mal que se les ha educado y están intentando cambiar. Algunos están tratando de ser coherentes con sus discursos de justicia y equidad, en la vida cotidiana y en lo público. Asumen los quehaceres comunes y procuran ser éticos en el amor. Desgraciadamente, hace falta todavía que muchos se sumen para que todas las formas de violencia sean erradicadas.

Las feministas llevamos siglos trabajando a favor de relaciones humanas realmente justas, donde mujeres y hombres podamos convivir dignamente, con libertad, sin violencia. Es tiempo que los hombres cabales asuman su parte.

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