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Opiniones de hoy

Mis magos favoritos

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De las obras de estos magos extraje formas o tópicos para mis escritos y mi deuda es grande.

 

De niño, la realidad me pareció tan extraña, tan burda, tan amenazadora, que empecé a refugiarme en las letras, que escribía en la máquina mientras aprendía a teclearla. Las letras formaban frases-dibujos que me eran un refugio. Más cuando fui entrando en la adolescencia. Cada año la realidad se abría a otra extrañeza, mientras me divertía y sufría en el colegio la tortura de estar enclaustrado en un espacio sin libertad, haciendo como que aprendíamos con un profesor que sudaba por instruirnos. Yo no creía en esa educación por compartimientos estancos que eran las materias, pues el mundo era un todo, y enseñanza debía de serlo por igual. Tuve la buena suerte que uno de ellos me llevó a seguir el gusto por las letras, a ese lugar de ficción que se fue volviendo un ritual de aventuras, de anécdotas, donde las frases y sus formas sutiles de expresión daban lugar a otros mundos. Así sí pude soportar este mundo chato y cuadrado luego que ese buen profesor me presentó a mi primer mago favorito, Juan Ramón Jiménez, cuya poesía me acercó a darle sentido a mi vida adolescente.

Su obra era un aljibe para el sediento ansioso de sumergirme en Moguer con Platero y Yo, entre oscilaciones tan distintas a la dureza de cada día real. Así comencé a entender a los magos de la literatura que fui conocimiento gracias a Manuel José, sabiendo que sería un aprendiz para toda la vida. “La poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre”, dijo Cardoza y Aragón, y me aferré a ella.

De las obras de estos magos extraje formas o tópicos para mis escritos y mi deuda es grande. Pude entender la imaginación y sutileza infinita de esas plumas ajenas al mundo natural, cuyas dimensiones múltiples han generado chispas, al punto que me llevaron a una conciencia plural. Las letras nos diferencian de otros artesanos… Allí están los magos admirables que traducen el grado infinito de sabiduría y estupidez del hombre. Este puede hacer maravillas pero también grandes destrucciones. Sin miopía, mis magos se adentraban en ese enigma profundo de la conciencia lúcida por la palabra, en esa filigrana de un arte que se afana por connotar las profundas cavernas de la psiquis, siendo la poesía la que connota las más variadas pasiones hasta tocar las más complejas ecuaciones matemáticas. Echa chispas en un mundo tan poético como el universo.

La belleza tiene un sentido de perfección que se trastoca por la pasión. Y a veces vale la pena la deconstrucción.

Además de Jiménez mis magos favoritos fueron Vicente Huidobro, Octavio Paz, T.S. Eliot, Fernando Pessoa, Luis Cardoza y Aragón, Ramón del Valle Inclán, James Joyce, Thomas Beckett, César Vallejo, Jorge Luis Borges… Eran mis mejores nutrientes antes de llegar a los veinte. Vendrían los clásicos después. Debo decir que apenas podía entenderlos en aquellos años sesenta, pero me daban cuerda. En ese tiempo no había mucho tiempo para literatura sino para estudiar en la facultad y salir a luchar por doquier en la U. La consigna la daba Sartre y sus repetidores en París, San Francisco, México… había un empeño para no permitir que las burocracias se creyeran con el derecho de suplantar al hombre en el mundo bipolar de aquel entonces.

El lema en la revista universitaria que yo dirigía en la facultad de Derecho de la URL era: “El derecho a vivir no se mendiga, se toma”, como se leía en un muro en Nanterre en 1968, cuando sonó ese año la gran tembladera de protestas jóvenes por el mundo. Se ansiaba una democracia inclusiva opuesta a las tiranías. Todos íbamos a favor de Vietnam contra el invasor. Y por una tierra azul sin fronteras ni ideologías, sola como lo sigue estando ahora. Queríamos la imaginación al poder. Queríamos poesía y no estar bajo la sombra y el viento de tiempos insanos como los que se viven ahora con dirigentes obtusos ajenos a la estética y que siembran mucha violencia. Ya suena la trompeta que anuncia al nuevo inquilino de la Casa Blanca, el de las borrascas. Ya suenan otras chirimías de los impresentables que acá tenemos. Hay que buscar refugio en las letras y crear un muro de poesía, de equilibrio, de leyendas… Con la imaginación podremos sacarlos, porque el propósito de nuestra existencia está en cambiar la realidad y para eso está la estética desde Platón, que considero el sable de la cultura, como la poética de Aristóteles. Está allí nuestro sueño de convertir la realidad oscura en una esencia donde cada quien se relacione bien con otros, en un jardín donde los senderos se bifurcan, como Borges recordaría, sin resolver la paradoja humana, pero al menos para estar en sintonía con nuestro anhelo de hacer un mundo mejor.

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