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Opiniones de hoy

El buen juez

opinion

En un Estado de Derecho, quien prevarique, tarde o temprano, tendrá que pagarlo.

 

Fueron muchos los jueces que prevaricaron, incluidos los fiscales que se hicieron de la vista gorda y muchos –muchos más– los guatemaltecos que callamos.

Así fueron aquellos 36 años que –bajo ninguna circunstancia– deben repetirse, años de miedo y de silencio en los que la población –nosotros– hubimos de vivir entre dos fuegos.

El Ministerio Público fue una institución deliberadamente carente de recursos, esbirro del débil y encubridor del fuerte, los jueces, temerosos del poder.

Incapaces fuimos de darnos las normas que permitieran combatir a la insurgencia, con la ley en la mano, así como de procesar, juzgar y condenar –dentro del debido proceso– a aquellos que, a través de la violencia, querían hacerse del poder.

Mi llegada al Ministerio Público en 1991 vino a marcar una importante diferencia, a partir de ese momento, los dos Procuradores, de la mano, el General de la Nación, Jefe además del Ministerio Público y el de Derechos Humanos, esforzados por hacer real –quizá por vez primera– la protección del ser humano, la razón de ser del Estado.

Finalmente, se firmó la paz, una paz que –incluso hoy– seguimos llamados a construir, don de Dios que jamás podremos alcanzar si no ponemos, de nuestra parte, lo que a nosotros corresponde:

“No puede haber paz, si no hay justicia, ni justicia, sin perdón”.

Los esbirros de entonces ¿Habrán cambiado? ¿Habrán cambiado los fiscales y los jueces o tan solo habrán cambiado sus patronos?

Los 36 años concluyeron con una amnistía y los delitos perpetrados quedaron sin castigo, incluidos el incumplimiento de deberes y prevaricato de jueces y fiscales, no digamos los asesinatos, secuestros y extorsiones –salvo escogidos delitos que han permitido perseguir hechos que no los tipifican.

¿Igual que se sirvió al poder de entonces se sirve hoy a otros patronos?

Si es así, nada ha cambiado. Tiene que preocupar –necesariamente– que se haga uso de la prisión preventiva como castigo y como medio para encubrir ineficiencia: Condenas mediáticas que, al final de cuentas, podrían estar carentes de sustento.

Ya se dio la muerte de una persona, en prisión preventiva y –en prisión preventiva– se tiene a una mujer embarazada, a punto de alumbrar…

La prisión preventiva no demuestra eficiencia alguna y solo se justifica –se trata de una excepción– si prescindiendo de ella existiere peligro de fuga –es decir– que la persona pudiera sustraerse de la acción de la justicia o bien, si su libertad, pudiera entorpecerla.

¿Peligro de fuga en una mujer embarazada, a punto de alumbrar? ¡Por favor!

¿Entorpecer las investigaciones su libertad después de tanto tiempo habido? ¡Por favor!

Sin embargo, puede lucir muy bien –mediáticamente ¡Ah, el poder de los micrófonos, las tintas y las cámaras!– mantenerla detenida sin que se den los supuestos señalados. Prevaricar y hacerla de esbirro tuvo el manto protector de la amnistía pero, en un Estado de Derecho, todo aquel que prevarique –todo aquel que se abstenga como juez, de ser buen juez, tarde o temprano– además de enfrentarse a su conciencia –habrá de hacerlo a la Justicia.

La verdad material es la que importa y la que debería prevalecer en todas las ramas del Derecho pero existen ramas que son proclives a la preeminencia de las formas –jamás, por fortuna, en el Derecho Penal, rama en la que la verdad material– la verdad –debe prevalecer más allá de la apariencia. El juez que no comprende la economía informal que ha primado entre nosotros, y que no busca la verdad material, puede ahogarse en iniquidad, preso de las formas. Puede prevaricar, encandilado por las luces y, otro tanto, los fiscales, llamados a velar por el estricto cumplimiento de las leyes y obligados a pedir, con igual energía, tanto la condena del culpable como la absolución del inocente,

No está en hacer justicia ensañarse con el débil. Tampoco en buscar, micrófonos, cámaras y tinta a costa de quienes –figuras públicas– lejos de poderosas –resultan muchas veces ¡Increíble, pero cierto! las más vulnerables.

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