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Opiniones de hoy

Las cenizas y el papa Francisco

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Con respecto a las mías, ya está convenido el sitio exacto del cerro acogedor allá en Antigua en donde serán sembradas por manos amorosas.

Fieles a la sentencia bíblica: “Polvo eres y en polvo te convertirás”; muchos han escogido a lo largo de los años, convertirse en cenizas al partir al inframundo. Conozco varios casos de amigos entrañables y notables que escogieron ese noble destino de la cremación y transformación en cenizas.

Puebla de los Ángeles le sirvió de refugio cuando partió al exilio. Allí releyó su “Contar de los Contares”, rememoró la recia batalla del periódico El Estudiante que, fustigó al gobierno liberacionista, y revivió la representación de sus obras de teatro. Con su letra de humorista dejó el pedido de que sus restos fueran incinerados. Una mañana soleada con el Volcán de Agua enfrente, sus cenizas se esparcieron desde lo alto del Cerro de la Cruz. Así se cumplió el destino de Carlos Alberto Castañeda Paz.

Cuando el tirano de la catorce calle inició la persecución contra la juventud, buscó el alero de Santiago de Chile. Formó su hogar allá en la tierra de Gabriela. Hizo política decente, sin corrupción ni impunidad. Con letra clara de jurista dejó escrito: “Que mis cenizas reposen en mi tierra, mezcladas con el agua cristalina”. Soplaba viento norte sobre el lago. Aguas adentro, un grupo de amigos esparció las cenizas. Un toque de silencio de una trompeta fue el único testigo. Roberto Alvarado Fuentes reposaba en Atitlán.

Podía leerse “en las líneas de su mano” el viacrucis de su pueblo. Era un río caudaloso la aventura de su patria. En cada cana una hazaña y en cada surco del rostro la cicatriz de una batalla. Cansada la vista, pero ágil el cerebro; agotado el cuerpo, pero activa la mano, se apagó casi a los noventa años. En el instante en que una nube densa y dulce de ceniza cubría Coyoacán, soplaba un viento tierno por las calles de la Antigua, muy cerca de la catedral. Luis Cardoza ya estaba en su tierra.

Lo mismo sucedió años más tarde con otras cenizas venerables: las de Mario Monteforte a orillas del lago y cercano al volcán Atitlán; las del inmenso Marco Augusto Quiroa que se esparcieron –tratando de purificar– las contaminadas aguas de la otrora diáfana laguna de Amatitlán, al compás de la marcha “Zacatecas” que lagrimeaba una banda del pueblo. Y lo mismo aconteció con las del inefable Roberto Díaz Castillo que hicieron florecer un joven limonero en el jardín del Colegio Mayor de Santo Tomás de Aquino. Con respecto a las mías, ya está convenido el sitio exacto del cerro acogedor allá en Antigua en donde serán sembradas por manos amorosas.

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