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Opiniones de hoy

Cristianismo “light” en cueva de ladrones

opinion

Hay iglesias que venden el Big Mac espiritual.

Si Jesucristo llegara a nuestras iglesias cristianas tomaría de nuevo el látigo para expulsar a los mercaderes del templo por haber hecho de su casa una cueva de ladrones. ¡Business!

Lo ilustraré con la historia cristiana de Donald Trump. Según su biógrafo, asistía a una “iglesia famosa situada en la quinta avenida de Nueva York, frecuentada por neoyorquinos protestantes ricos de clase ejecutiva…; era un lugar para ser visto.” (¿Cuántos guatemaltecos no van a iglesias que son un buen lugar para ser visto?)

Según refiere Daniel Burke, el Pastor enseñaba que las actitudes son más importantes que los hechos, porque uno podía conquistar el mundo a través del esfuerzo mental motivador. ¡Puedes hacerlo!: si lo piensas, lo harás, pues, el poder de la mente hace milagros. Trump amaba esas enseñanzas motivadoras (con barniz cristiano), así como las historietas de superación de obstáculos en los negocios.

Posteriormente, Trump trabó amistad con la Pastora y telepredicadora Paula White, casada tres veces, y con cuyo segundo marido llevó a la bancarrota a su megaiglesia (¿qué hizo con los diezmos?; ¡predicó la prosperidad que no le llegó!). Según Trump, la Pastora “era hermosa por dentro y por fuera”; por fuera, porque según Kate Bowler, era “rubia, linda, alegre e infinitamente optimista”.

Trump se movió en ese cristianismo ramplón, light, en el que de las enseñanzas de Cristo solo se toma lo que interesa, omitiendo temas fundamentales, maquillando otros, y haciendo cirugía plástica y photoshop al Evangelio, hasta crear un cristianismo pret a porter, con el inclaudicable pacto de diezmos a cambio de prosperidad.

Ya no figura en él la predicación de que hay que entrar por la puerta angosta; que uno debe tomar su Cruz y seguir a Cristo; o de las bienaventuranzas: Bienaventurados los pobres de espíritu…; bienaventurados los que lloran…; bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia…; bienaventurados los misericordiosos…; bienaventurados los limpios de corazón…; bienaventurados los mansos…; (Cfr. Mateo, 5, 3-8) mansedumbre que contrasta con las enseñanzas que Trump recibió de su padre, de que la vida es una competencia entre ganadores y perdedores, en la que hay que ser implacable para sobrevivir (¿aun a costa de ser injusto, abusivo y pícaro?) porque en la ética protestante, el éxito en el trabajo es prueba de la elección divina; éxito que, por cierto, jamás llegó a los cristianos negros de las iglesias evangélicas segregadas. ¡Increíble!

En las iglesias bisneras a donde acudían los millonarios de Nueva York no era conveniente al Pastor presentarse como Pablo de Tarso, predicando a un Cristo crucificado, que era escándalo y locura (1 Cor. 1, 23), pues el templo se hubiera quedado escandalosamente vacío; era también inconveniente enseñar que hay que atesorar bienes en el cielo y no en la tierra, donde hay polilla, herrumbre y ladrones (Mateo, 6, 19-21); o que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que un rico entre en el Reino de los Cielos (Marcos, 10, 25); o que “a los hambrientos colmó de bienes, y despidió a los ricos con las manos vacías” (Lucas, 1,53)

El cristianismo es un todo (Cruz y Resurrección), que predicado en su totalidad es siempre escándalo y locura. Entendiéndolo integralmente, la riqueza material es buena (si llega lícitamente, y no se está apegado a ella), pero no es un fin, sino un medio, para el sustento propio y de la familia, y de ayuda generosa a la iglesia y al prójimo, teniendo en cuenta que la prosperidad más importante es la espiritual.

Con ocasión de la campaña electoral norteamericana, al conocer un poco de la vida de Trump, vi una vez más a ese cristianismo de duropor; el de las iglesias cristianas que venden comida celestial rápida, un Big Mac de un McDonald’s espiritual, que sacia, no nutre, engorda, y que es vendido en empaques desechables, en cueva de ladrones.

gasturiasm@gmail.com

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