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Opiniones de hoy

La rosa sin dueño

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Fatigada, la vida espera sin condiciones la llegada del otoño para darle un beso y una rosa roja a la soledad de los siglos.

A veces quisiéramos caminar descalzos para sentir el roce íntimo de la piel y el barro en un diálogo fraterno, tibio y natural que traiga el recuerdo del origen y el retorno inexorable que llega de repente tocando la puerta acompañado del destino, hablar tranquilos un instante y después de saludar a la vida despedirnos en silencio. Porque el barro es la piel de la piel que nos envuelve en un manto moreno y discreto guardando los secretos íntimos del corazón y del alma cuando se apaga el amor en un instante que se vuelve eterno y la juventud se va sin decir adiós, caminando en silencio, sin prisa, como el agua de los ríos que cansada de tanto andar entrega su inocencia a la inmensidad del mar en presencia del horizonte azul, lleno de rumores y suspiros. Y asustada pierde la calma al fijarse que no puede encender la llama del olvido por impedirlo la sombra del orgullo que la induce a morir amando, sin recibir una caricia que la despierte de un sueño mágico que parece verdad y es mentira. Y es que cuesta entender que el orgullo también puede morir como la sombra en la noche vencido por el amor que le regala a la vida un caudal de fantasía escondida en el encanto de un beso dado en un rincón especial, con sed de silencio y de un sentimiento puro que nunca se pierde aunque lo vistan de rico o de pobre, porque es un efluvio que brota del corazón y se vuelve canción de madera o aroma de sándalo que el tiempo diluye cuando quiere, sanando heridas viejas que transforma en ternura, volviéndose dura como el marfil africano. Y no envejece aunque se esconda en la voz natural y oficial de los suspiros, esperando sentado con el perdón en la mano, que la tarde desafiante junto al recuerdo artificial extraviado en el centro del invierno, pase saludando con una sonrisa inmóvil como la Mona Lisa.

A veces también la indiferencia consume el amor enredado en el dolor y las cenizas, quedando el rastro de una leve fragancia que no se siente igual a la misma hora ni en el mismo lugar, al borrarla de la memoria convirtiendo la ilusión en tristeza y un estorbo, sin recordar las cosas bellas que decimos con desdén a las rosas ausentes que en el infinito aman a escondidas, calladas, sin hablar nada donde nada pasó porque todo pasó. Y si la casualidad enciende un instante el fuego sagrado de la juventud, todo cambia y con júbilo dice lo que siente ordenando a la ilusión sublevarse y recorrer otros senderos sin importar que se pierda en el camino, viviendo la angustia del silencio sin nada en las manos, solo llanto y lava en el pecho con el orgullo herido que poco a poco se extingue, envuelto en la piel del recuerdo perpetuo. Y obligada a cumplir un pacto secreto con la vida camina llena de luz y aroma mitigando las turbulencias pasadas, encendiendo el fuego que mantiene viva la llama escondida de un amor intenso y desnudo, tejido lentamente con caricias y lágrimas viejas llenas de polvo y silencio que hablan idiomas distintos, impidiendo por orden del destino que el alma arrugada y el deseo extinguido se mire en el espejo del tiempo. Es difícil evitar que en el rostro del recuerdo quede reflejada la huella del dolor que dejan los amores perdidos o prohibidos que se fueron sin avisar ni responder preguntas indiscretas, aceptando resignados que la muerte impertinente se los lleve lejos de rencores extraños, donde las tentaciones y la envidia no existen. Fatigada, la vida espera sin condiciones la llegada del otoño para darle un beso y una rosa roja a la soledad de los siglos, antes de contarles con paciencia su historia intensa bajo un cielo azul eterno, sentada con la mirada perdida al lado de un gato de ojos verdes sin dueño buscando dueño y de una estatua de bronce abandonada, ciega, sorda y muda, en el parque del olvido: el cementerio.

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