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Opiniones de hoy

No era José Martí, un asesino

opinion

Los asesinatos, secuestros y extorsiones no forman parte de humanismo alguno.

 

El papel todo lo aguanta y, así, aguantó por mucho tiempo la mentira de que Francisco Javier Arana hubiera sido destituido del cargo de Jefe de las Fuerzas Armadas –destitución que solamente habría podido hacer el Congreso de la República– lo que nunca hizo –y que hubiera sido librada orden de captura en su contra– potestad exclusiva de los jueces, lo que jamás hizo juez alguno.

La mentira tuvo por objeto justificar el asesinato de Francisco Javier Arana –cantado ganador– si candidato –de las elecciones presidenciales que habrían de celebrarse un año después y baluarte que sostenía el pluralismo político de la Revolución del 20 de Octubre de 1944, acechada como estuvo por los comunistas y por las sombras del pasado: los extremos se tocan.

No podría haber mejor testimonio que el del expresidente Juan José Arévalo Bermejo para saber de su relación con Francisco Javier Arana y sobre la defensa que hizo este –tal su cumplida obligación– del gobierno constituido, echando por tierra de esta forma otra mentira, el supuesto ultimátum que Francisco Javier Arana habría hecho al Presidente el día de su muerte, ultimátum por este desmentido: la despedida de ambos ese día, antes bien –así lo dice el expresidente Arévalo en su libro Despacho Presidencial, fue con el respeto y el aprecio de siempre.

Horas después, Francisco Javier Arana caía asesinado.

La mentira –mentira posterior al comunicado oficial– se expresaba textualmente así: “Francisco Javier Arana habría ‘muerto’ después de habérsele destituido del cargo de Jefe de las Fuerzas Armadas cuando se intentaba ejecutar la orden de captura que se había librado en su contra”, tal la mentira con la cual se pretendía justificar el crimen y que, a estas alturas, ha quedado hasta la saciedad evidenciada: Jamás hubieron destitución, orden de captura ni ultimátum.

¿Los hubo? Una vez más emplazo a sus asesinos y a quienes sostienen el embuste –a quienes gustan de ensuciar el papel con ese tipo de mentiras– que los presenten so pena de que, si no lo hacen, se sigan evidenciando como lo que son y siempre han sido en torno al caso, asesinos o embusteros.

El 18 de julio de 1949, fecha del asesinato de Francisco Javier Arana, marcó el final de la Revolución del 20 de Octubre de 1944, a partir de ese momento, secuestrada y sesgada por sus asesinos hacia fines que le eran ajenos: la destrucción del Estado de Derecho y de la propia República, los poderes del Estado –hechos uno– el Derecho, a partir de entonces, lo que convenía a la revolución sesgada.

José Martí –humanista– jamás hizo del terrorismo –asesinatos, secuestros y extorsiones– armas de lucha (tomó, sí, las armas, pero como se toman en la guerra y llamó a la guerra pero jamás al terrorismo) y resulta absurdo que un ideario asesino –el del alzamiento militar de Turcios Lima, después guerrillero y amancebado con el partido comunista de Guatemala se quiera asemejar al humanismo de Martí– un liberal y clásico.

“…más para el cruel que me arranca el corazón con que vivo, cardos ni ortigas cultivo, cultivo, una rosa blanca…”.

¿En qué se asemeja el humanismo de Martí –incluso en la guerra– a la acción de asesinar, por ejemplo, a Manuel Orellana Portillo, enfrente de sus hijas, o al asesinato del pequeño niño Rony Elmer Orellana?

Aquel que no respeta una vida, ninguna respeta.

Con los asesinatos perpetrados, Luis Turcios Lima y los otros militares, amancebados ya con los miembros del partido comunista, fueron estableciendo, –crimen impune, tras crimen impune– la cultura de muerte que por 36 años hubimos de vivir: todo se justificaba para hacerse del poder y su maldito derivado: todo, para conservarlo.

“El ‘pensamiento’ de Luis Turcios Lima ¿Cuál? ¿El de apretar el gatillo? comparado ¡Vaya insensatez! con el pensamiento humanista de Martí?

Aparte la guerra y aparte el terrorismo –las muertes en combate– como la propia muerte del poeta –no tienen nada que ver con asesinatos, secuestros y extorsiones.

La oferta de Turcios de que ya no habría ricos y pobres ¡Guácala! ¿Acaso hacedor del Universo? Solo le faltó que tampoco guapos y feos; gordos y flacos, igualitos todos ¡Vaya soberbia!

Démosle, en fin, el crédito de que –aunque equivocado– “en su abandono” haya querido hacer algo bueno pero no le regateemos “el mérito” de lo que hizo apretar el gatillo, asesinar, secuestrar extorsionar y –queriéndolo o no– implantar la cultura de muerte en que hubimos de vivir (no hemos logrado superarla) y que nos ha hecho y nos hace tanto daño.

Tengo que ser necesariamente molesto para los asesinos y los embusteros. ¡Se acabaron las fábulas! Luis Augusto Turcios Lima fue lo que fue y no caben los adornos.

(Continuará, cuantas veces sea necesario)

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