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Opiniones de hoy

En pañales es piropo

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Convertidos en soldados del poder paralelo los dirigentes dedicados a negocios ilícitos se olvidan del pópulo.

En Guatemala los partidos políticos usurpan esa calidad creando un círculo vicioso que complica la solución de la problemática que nos agobia, al evadir la responsabilidad de intermediar entre la sociedad y el Gobierno sin ejercer la función de oposición que les corresponde, dejando de ser instrumentos confiables al no fortalecer la vida institucional, contradiciendo la base de la democracia. Convertidos en soldados del poder paralelo los dirigentes dedicados a negocios ilícitos se olvidan del pópulo, rehén de un modelo colapsado y corrupto que propicia el saqueo del Estado poniendo en peligro sus intereses. Los partidos son clubs en los que el dueño del rebaño manda careciendo de la más elemental capacitación y formación política, volviéndose el país en algo similar a un circo de no rectificar, la falsa democracia terminará por privatizar el poder desintegrando el Estado debilitado y desmantelado a propósito, perpetuando la crisis agudizada por la oposición sistemática de la elite a implementar una política económica y financiera que propicie el bienestar social, teniendo como eje el bien común, la justicia y tolerancia. La ausencia prolongada de un pensamiento moderno y de un liderazgo definido que la enfrente y solucione sin estar subordinado a intereses espurios no es casual, ni la marginación de la inteligencia y el talento capaz de diseñar y dirigir un modelo alternativo, error calculado que lleva a la destrucción de las precarias estructuras sociales que todavía mantienen estabilidad y calma relativa, sin ocultar que el verdadero negocio –muy lucrativo– es no resolver los problemas. La tragedia se repite cada cuatro años y puede superarse empezando por eliminar el mercado político con un líder capaz que ejerza el poder con independencia –faroles–, honradez y un interés genuino en curar la enfermedad social, económica y política. Uno de los misterios viejos del poder es el motivo de ver con desdén la miseria y la injusticia.

Sin respetar los cánones establecidos por la ética y la moral pública, oportunistas con ideas obsoletas financian proyectos políticos sin legitimidad al carecer de ideología, organización y liderazgo, indispensable para impulsar un proyecto social articulado y consolidar un pensamiento democrático definido. La dirigencia incapaz y corrupta debilita la política y destruye los partidos como medio idóneo para alcanzar el poder –no negocios ni dar misa– y canalizar las aspiraciones sociales reduciendo la desigualdad en una sociedad desintegrada y desorientada que perdió la fe en el sistema. Una sociedad que necesita con urgencia un programa político nacional claro y preciso que pueda formar una voluntad colectiva de cambio, empezando por la reforma intelectual y moral que no se cohesiona por falta de un instrumento transparente y auténtico, falencia superable dando un salto cualitativo de la teoría a la realidad fortaleciendo la democracia con un programa estructural que realice los cambios profundos que el pópulo exige y espera. El reto hay que asumirlo con responsabilidad, implementando una política de crecimiento económico y desarrollo integral, generando bienestar con equidad. Solo una democracia real, económica y social garantiza una democracia política sólida y permanente, con una visión profunda que satisfaga las necesidades humanas, priorizando la cohesión social. Sabemos que la democracia no es fruto de un proyecto de ingeniería social que pretende liberar la actividad económica del control político y social ni de una verdad absoluta, que es acción humana, una teoría abierta, una voluntad colectiva, una creación innovadora sin someterse a una definición precisa apartada de los valores sociales y de las aspiraciones universales. En esencia es la convergencia de libertad, igualdad, fraternidad y justicia.

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