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Opiniones de hoy

De Minerva a Le Marais

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Escudriñando, sin realmente querer buscar.

 

Dentro de una semana, el otro lunes, quizá me encuentre caminando sobre la Rue des Barres –hacia el norte–, talvez doble a la derecha sobre Rue du Garnier y enfile hacia el sur para encontrar Papier Plus donde acaso compre algunos lápices –Black Pals posiblemente– un cuaderno y, con algo de suerte, alguna pluma. Luego seguiré hacia el norte hasta la Rue Francois Miron, doblaré a la derecha viendo cuidadosamente los rostros de todas las personas que mi mirada pueda encontrar. Escudriñando, sin realmente querer buscar, notaré las fachadas de Maison à l’Ensigne du Faucheur y de Maison à l’Ensigne du Mouton, a lo mejor entre en el bazar Izraël o quizá, mientras la duda perdure, siga sin parar hasta Froamagerie Laurent Dubois.

Continuaré y en Rue Dupetit-Thouras encontraré una vez más el Fondation Café. Entraré y, de ser un día soleado, seguiré hasta hallar una mesita en la pequeña terraza y pediré un café de esas maquinas Keen van der Westen que ahí favorecen.

Hace dos años en un café con una aura parecida a este, el Café Minerva en el West Village de Manhattan, me encontré por última vez con Danielle. La enfermedad, que oprimía su corazón, finalmente atestaba el ataque concluyente y el fin de aquella batalla, peleada con tanta gallardía, llegaba a su irremediable consumación.

Ese mes de septiembre de hace dos años terminaba con grandes dotes de emoción por lo que supondría la visita, en Williamsburg, a los estudios Sunday Suppers donde me encontraría con su fundadora Karen Mordechai. Según yo, como hacíamos hace años cuando coincidíamos con Danielle en Manhattan, nos encontraríamos en Café Cluny o en Café Minerva y luego iríamos a uno de los eventos de The Moth. Uno o dos días después nos veríamos otra vez para desayunar en Reynard –el glorioso restaurante ubicado en el lobby del hotel Wythe– y ella me acompañaría a las visitas planeadas para ese viaje. Pero aquella vez fue diferente, nos encontramos en el Minerva y luego de algunos scons y unos cafés caminamos hacia al Cooper Union. Danielle me contó que dejaría la ciudad y regresaría a su Francia natal. Me dijo: “Quiero hacértelo muy sencillo. Necesito que sepas que estoy muriendo y voy a dejar Nueva York”. Permanecí callado, ya sabía lo que seguía. Con la voz entrecortada alcancé a preguntar: “¿El corazón, otra vez?”. –Sí –respondió–. Pero esta vez no hay nada más que hacer, Dodi. Voy a retirarme, por así decirlo”. Sonrió un poco mientras hablaba con sus bellos ojos avellanados, llenos de lágrimas. Yo tuve que voltear la vista para no llorar. Sentí mi respiración pesada y forzada. Apenas podía contener la rabia. Empecé a tragar saliva y a parpadear rápidamente para evitar llorar. Me sentí como un tonto por no poder decirle nada, tomarle la mano o confortarla. Simplemente me quedé parado a la par de ella. Inmóvil. Cercano. En silencio.

Su plan era ir a Ardennes para despedirse de su familia materna, luego a París donde había vivido la mayoría de su adolescencia y pretendía, finalmente, llegar a Punta Matira en la Polinesia Francesa, a donde ella siempre había querido ir de niña. Nos despedimos definitivamente, esa misma noche, en la esquina de Bowery y la cuarta calle. Nada dramático. Me dio un fuerte abrazo y yo enterré la cara en su pelo como para que nadie me viera llorar. Se separó de mí y se me quedó viendo por un instante, dibujó una sonrisa y me dijo: “Only once”. Sonrió de nuevo y se dio la vuelta y caminó hacia la parada del subterráneo. Yo me quedé parado, viendo como se marchaba, perdiéndola para siempre.

Nunca volví a saber nada de Danielle. Me enteré que día dejó Nueva York por amistades que teníamos en común. Un par de veces tuve todavía alguna noticia de ella, pero esporádicas y escuetas. Ella quería encarar todo aquello sola, así valerosa y tenaz, como siempre había sido y en mí quedaba la incertidumbre de lo que habría pasado.

Una perspectiva puramente racional me convence de lo improbable que sería encontrarla en alguna de las calles que solíamos recorrer en París, pero otra fracción, una invariablemente emotiva, alcanza a mantener viva una ligera duda. ¿Podría ser que aún estuviera viva? Y de ser así ¿Estaría aún en París?

Esa es la duda que me lleva a comer en 52 Faubourg en la calle Saint Denis y, además, me invita a tomar un café en Maison Plison o en Claus o a caminar por Rue Saint Martin y admirar por fuera el Pompidou, que a ella tanto le gustaba. Fue su prima la que la llevó por primera vez a Le Centre Pompidou, yo lo conocí la primera vez a través de fotos que ella me enseñó.  Continuará.

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