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Opiniones de hoy

Fiestas patrias

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Dejar de hacer uso y abuso de la diversidad.

Más allá de la sexta avenida embanderada de azul y blanco; más allá de cuestionarnos qué tan independientes somos, esta época se aprovecha para hacer “patria”. ¿Y cómo se hace patria en este paraíso terrenal?

Se hace patria haciendo puente para visitar el mar (Sipacate no es mala idea), por ejemplo.

O invirtiendo los ahorros en los uniformes de los patojos. Más aún si la niña es batonista. Los zapatos bien lustrados, el birrete alineado y las mangas enyuquilladas. Todo listo para que las trompetas, platos y tambores griten como eco, que somos independientes.

O de nuevo la (latosa para algunos) tradición de las antorchas. Cientos de escuelas acompañadas de porras y buses serpenteando las carreteras del país. ¿Tomarán las calles por la justicia? ¿Portarán la antorcha por la fraternidad?

O luciendo la bandera en la entrada de la casa. Sale al aire para desplegar sus arrugas de gaveta al viento lluvioso de estos tiempos.

O llevando la bandera aferrada a la puerta del automóvil. Hay que escoger entre todo tipo de azules, el de su gusto. Porque a la fecha, no nos hemos puesto de acuerdo en cuál es el verdadero (al menos no en las ventas de semáforo).

O cantando el himno nacional a todo pulmón; participando en un concurso de poesía patria, de pintura de símbolos patrios a manera de collage. O haciendo el acróstico: P A T R I A  L I B R E.

O vistiendo de “típico” a los patojos. Todo centro educativo dedica estos días para congestionar a los niños con una historia vedada durante el resto del año. La escuálida aproximación estética a la diversidad nacional les obliga a buscar güipiles, pintarle a los niños un bigote “típico” y conseguirle a las niñas un canasto con frutas, para jugar al mercado bien montado en el patio central de la escuela. De fondo, marimba y chirimía replican su luto ancestral, desprenden lágrimas en el aire durante los recreos.

Y es que ese abordaje estético de la diversidad no puede ser cosa mala, pero sí insuficiente. Afrontar nuestra naturaleza plural durante un par de días al año y desde una visión folclorista, no alcanza para tender puentes de entendimiento mutuo entre culturas diferentes. Se trata de fomentar el diálogo, o sea: “hablar con” en vez de “hablar de”. Se trata de compartir diferentes visiones de la vida. Se trata de manejar la interculturalidad como política educativa y dejar de hacer uso y abuso de la diversidad. Se trata de transitar de un plano estético a un plano ético, donde ese “otro” se convierta en un valor.

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