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Opiniones de hoy

Los doscientos años de vida independiente  (Primera parte)

opinion

Algunos habrían querido que la independecia se tiñera de sangre.

Dentro de cinco años, el 15 de septiembre de 2021, habremos llegado a doscientos años de vida independiente y bueno será que hagamos de ese momento por venir, en vez de un caro, intrascendente y pomposo festejo, una conmemoración en que culminen múltiples actividades que nos hayan permitido profundizar en lo que somos y mejorar la comprensión de nuestra historia, imprescindible para entender el presente y proyectarnos al futuro.

Algunos habrían querido, y lo siguen queriendo, que nuestra independencia se hubiera teñido con torrentes de sangre y que se hubiera enseñoreado con la muerte, algo que –al final de cuentas– esta observación es mía– tal y como ocurre siempre, un tanto más o un tanto menos (nada es nuevo bajo el sol) nos hubiera conducido hacia lo mismo: la diferencia única, de fondo, por ejemplo, en cuanto a lo alcanzado por otras independencias cuajadas de sangre y la nuestra a la que llegamos sin tenerla, lo constituye tan solo precisamente eso, la sangre que, afortunadamente, no tuvimos. 

El desarrollo ulterior de los Estados latinoamericanos que lograron su independencia con tantísima sangre y la nuestra, lograda sin ella, no ha sido muy distinta: Luchas políticas intestinas entre facciones excluyentes, marginaciones, tiranías, privilegios; recurrente lucha en contra de estos vicios.

La falta de sangre –para quienes así lo piensan– le resta mérito a nuestra declaración de independencia así como se la resta –tal su criterio– las ideas conservadoras que fueron predominantes en la misma, lo que equivale a que se pretendiera restársele a George Washington y a los demás próceres de la independencia de los Estados Unidos de América por haberse abstenido de eliminar la esclavitud, como debieron.

¿Qué libertad aquella, la del 4 de julio, erigida sobre esclavos?  ¿Suprimir el 4 de julio, entonces, de las efemérides patrias de los Estados Unidos de América? 

¿Qué significado podría tener esta fecha para quienes eran y continuaron siendo esclavos e, incluso, cuando ya libres, segregados?

Y, sin embargo, la tuvo y la tiene: Largo camino el que hubo de recorrerse aún, casi un siglo, para erradicarla y que quedara abolida en todos los Estados y dos para empezar a terminar con sus secuelas, secuelas que persisten, el sueño de Martin Luther King, el de aquel discurso que constituye su expresión de vida –y muy a pesar de haberse tenido ya un Presidente de color, aún inalcanzado.

Nos rasgamos las vestiduras, escandalizados, porque nuestros próceres hayan tenido en mente, lo primero, terminar con el pago de los tributos a la corona de España y, al hacerlo, olvidamos lo que fue el motor fundamental de la independencia de los Estados Unidos de América: No taxation without representation… Dejárselos de pagar a la británica y hacer comercio libremente con cualquiera.

¿Quitada la calidad de próceres a los nuestros y preservada para aquellos? ¡Por favor! Suficiente la herencia de nuestros próceres con la independencia que alcanzaron y heredamos, la posibilidad de tomar nuestras propias decisiones tal como, a partir de entonces, errada o acertadamente –pero propias– las tomamos.

En general tomamos for granted el hecho de ser independientes –como que si esto se hubiera dado por emanación espontánea y nos lo mereciéramos, sin más, sin tomar la necesaria conciencia que pueblos bastantes más numerosos que nosotros y asentados en más amplios territorios no lograron obtenerla. 

Si se quiere pensar en la historia de nuestra vida independiente –pero en serio– bueno es comprender que nuestra decisión primera –decisión propia– independiente
–aunque sin cumplir con los requisitos legales que nos habíamos impuesto– la Asamblea que debió de conocerla fue la de preservar la unión entre nosotros, todos uno, en un imperio, el Imperio Mexicano, Imperio que nació con la aspiración de ser una monarquía constitucional (bastante más República, por cierto, una monarquía constitucional, que muchísimas repúblicas) sueño de unión tan válido, desde el ámbito conservador como lo fuera, desde el liberal, el de Bolívar: la Gran Colombia, para este. El gran México, para nosotros: Desde Texas y California, hasta Costa Rica. (Mucha tela que cortar, la “norteña”, anglosajona, para que no fructificara).

Don Agustín de Iturbide tomó la corona del Imperio Mexicano, Imperio del que nosotros fuimos parte, no por ambición sino porque no hubo casa real que la tomara, personaje silenciado por la historia –redimido soñador– a quien no puede tildársele de sanguinario o de tirano.

(Continuará…)

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