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Opiniones de hoy

¿Sordos, los integrantes de las fuerzas de seguridad de Belice? (II parte)

opinion

Más bien, lo que se evidencia del informe rendido, es que se les instruyó para mentir.

 

La Comisión integrada por dos profesionales  y que rindiera su informe científico independiente al Secretario General de la Organización de los Estados Americanos  en torno a los sucesos acaecidos la noche del 20 de abril de 2016 en El Sapote, lugar de la zona de adyacencia que se encuentra administrado por Belice, tiene que haber sonreído –sonrisa amarga– al escuchar los testimonios rendidos por los elementos de las fuerzas de seguridad de Belice BDF-FCD, que evidencian, una de dos, o que todos son sordos –sordera sui géneris: sus oídos solamente oyen los sonidos de armas de un solo calibre, lo que es imposible, o que mienten, sujetos a una elaborada mentira oficial.

La mentira oficial consiste en afirmar que a la voz de alto proferida por uno de los elementos de la patrulla FCD-BDF, fuerzas de seguridad de Belice, según el informe, respondieron los tres  guatemaltecos –el padre con sus dos hijos, niños ambos– disparando arma de fuego calibre 22 y, así, para hacer válida la mentira, se hacía preciso que todos  afirmaran que escucharon –única y exclusivamente– sonidos de un arma calibre 22  (balas disparadas supuestamente, reitero, por el padre y sus hijos, todos a la vez  con un mismo rifle…)

Las fuerzas de seguridad beliceñas para responder el fuego, eso dicen, dispararon un rifle Ruber semiautomático calibre 22 pero –también– una escopeta Mosberg calibre 12 y una carabina M4 5.56 y, sin embargo, todos los miembros de esas fuerzas de seguridad no oyeron los disparos surgidos de la escopeta calibre 12 y menos aún los surgidos de la carabina M4 5.56 disparada por el oficial del Ejército que les comandaba.

Del informe rendido resulta inevitable concluir que no existe tal sordera sino simplemente una mentira cuidadosamente elaborada y compartida: los sonidos 22 escuchados servirían para hacer creíble que el padre  y los niños , sus hijos, habrían disparado a la voz de alto, un mismo rifle y todos a la vez. Escuchar por el contrario los otros sonidos podría comprometer ¿Por qué tratar de ocultar, lo inocultable? a las fuerzas de seguridad de Belice.  ¿Se escucha el sonido de un rifle 22 pero no el de una escopeta 12, ni el de una carabina M4 5.56? ¡Por favor!

Un buen juez –cuando escucha a testigos “perfectos”– nadie oyó el sonido de otros proyectiles –comprende que es más que probable que todos repitan no lo que vieron, sintieron o escucharon– sino, simplemente, la lección aprendida.

La Comisión que rindió su informe no es un juez, ni pretendió serlo y –así– se limitó a reproducir los testimonios recibidos sin evaluar la credibilidad que podrían tener, credibilidad que habrá de ser considera por quienes evalúen el informe. La Comisión tampoco hace comentario alguno –solo lo señala– que los testimonios de los dos paramilitares subalternos del oficial de las fuerzas regulares beliceñas fueron rendidos en su presencia, importante observación que es elocuente por sí misma: Declaraciones rendidas bajo la mirada y los oídos (la tutela) del superior jerárquico.

La mentira en cuanto a haber oído disparos de arma de fuego de un solo calibre se evidencia con la sola lectura de lo declarado y sabido es que quien miente una vez puede hacerlo otras veces y que igual que se miente en cuanto a los sonidos se puede mentir en cuanto a los supuestos disparos hechos por las víctimas.

El niño  asesinado –esto también se desprende del informe– estaba desarmado y recibió el grueso de los impactos por la espalda – sin que arma alguna haya sido encontrada a la par de su cadáver ni evidencia de que haya disparado.

El informe rendido por la Comisión dice que debía decir: los hechos constatados, correspondiéndole a otras instancias, la evaluación de los mismos.

Lo más importante en cuanto a lo que ha quedado establecido –importancia institucional– es que en la zona de adyacencia administrada por Belice –esto es grave– actúan civiles armados bajo órdenes de oficiales militares regulares, existencia, pues, de fuerzas paramilitares que deberían de ser ajenas a un Estado democrático y, máxime, en una zona de adyacencia –fuerzas estas cuyos disparos mataron al menor.

(Continuará)

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