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Opiniones de hoy

La metáfora del volcán

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Hasta que hizo erupción.

 

La historia no es solo lo que se cuenta sino cómo se cuenta. En eso (también) tenía razón García Márquez. De una beca de Harvard en apariencia ociosa a uno de sus destacados graduandos, a inicios de la década de 1990, ha salido una narración estupenda, de las mejores que he tenido la suerte de leer recientemente sobre la historia del siglo XX de Guatemala.

La escribió Daniel Wilkinson, una retina aguda y muy sensible a los matices, una pluma de trazo extremadamente sutil y a la vez brutal, es decir, verídica. La escribió antes de ser el abogado de Nueva York, que ahora es, entregado a la causa de los derechos humanos, que habla a veces con tirantez con los gobernantes de Latinoamérica, al punto de que fue expulsado por Chávez y ahora Maduro no le deja entrar a Venezuela.

Silencio en la montaña (F&G Editores, 2016) está escrito con la técnica básica de la crónica de viaje. Pero este es un viajero que se detiene a explorar qué hay detrás de la apariencia. No se conforma con una versión, ni con el mero testimonio o la anécdota. Busca profundidad en los archivos públicos y contrasta en las bibliotecas personales de los estudiosos. Se toma el tiempo para ver muchas veces la misma pared de la misma casa, hasta que descubre un orificio que siempre estuvo allí y es la clave que desvela una historia de guerra convenientemente oculta. Creía que peones, mujeres, capataces y finqueros le habían dicho todo, pero era al revés.

La manera como va removiendo las capas del lenguaje hasta descubrir la esencia del pensamiento, es también una manera de retratarnos como sociedad. No me acuerdo si fue Octavio Paz quien usó la expresión: el lenguaje es un eficaz recurso para ocultar el pensamiento. Los guatemaltecos ganamos maestría en esa materia. Desde luego, hay motivos profundos, más o menos como dice el subtítulo del libro de Wilkinson: el terror y el miedo, las traiciones y la desconfianza, y la represión de la memoria o la invocación del olvido. Pablo Antonio Cuadra en su obra El nicaragüense afirma que es una herencia precolombina y se respalda en las inscripciones mayas.

El epicentro de la historia es San Marcos y la vida en unas fincas de café. Los personajes son de carne y hueso, vívidos, individuales, muy humanos, o sea, complejos. Wilkinson mismo es uno de los personajes, el que narra al mismo tiempo que se confiesa, y en esos pasajes la crónica adquiere forma de diario íntimo. La historia está vinculada a la erupción del volcán Santa María que provocó grandes desplazamientos humanos en 1902, y a una erupción política 80 años después, la guerra. Estrada Cabrera decretó que no hubo erupción: era un periodo difícil para el comercio internacional del café y a él le interesaba atraer inversión. Al final un finquero le dice a Wilkinson: “Siempre que haya humo, estaremos bien”, refiriéndose a la estela que libera el volcán Santiaguito cada mañana. Pero el bloque de poder del siglo pasado no fue tan sabio como la naturaleza: ahogó las reformas y acumuló presión, hasta la erupción de la violencia.

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