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Opiniones de hoy

A propósito de mis seis décadas

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Hoy, he llegado milagrosamente a las seis décadas, feliz de todo lo que Dios me ha prodigado y también por lo que no me ha dado. Es verdad, no me ha sobrado, pero jamás me ha faltado. Me preocupaba llegar a los 60 años, porque coincidía, si todo salía bien, con la graduación del programa de maestría de Ramón Ignacio, el más pequeño de mis amados hijos. En mayo se graduó y por lo tanto, lo que viva de ahora en adelante, son tiempos extras.

Agosto, que para mí comenzaba en las postrimerías de julio, siempre fue un mes especial, de celebración. El 28 de julio es el cumpleaños de mi entrañable mamá, quien murió prematuramente a los 58 años. También el de mi tía Olga y, según recuerdo, los de mis primas Lucky y María Marta. El 1 de agosto es el cumpleaños de Juan Carlos, mi primo, con quien crecimos juntos, aunque he dejado de verlo, como no hubiese querido, por más de 35 años. El 12 de agosto es el cumpleaños de Papaente, nuestro querido abuelito Clemente, el cual solíamos celebrar desde las 6 de la mañana hasta la medianoche, pues llegaban más de 1,500 personas a visitarlo desde el desayuno con marimba, pasando por el almuerzo, hasta la cena y, aunque no le gustaban los bolos, muchos se quedaban hasta pasada la media noche. El 14, es el cumpleaños de Julito mi primo y el 19 cumplimos años mi adorada abuelita, Mamavita, y yo. Nuestro cumpleaños coincidía en día, con 8 días de retraso con el de Papaente y llegaban sus parientes y amigas y mis primos y compañeros de clase.

No logro descifrar cómo es posible que ayer tenía diez años y pasaba todo el día en la finca Rabanales y Rabanalia, a 25 kilómetros de la ciudad, encaramado en caballos mal amansados, que incluso se saltaban la talanquera, capturando y comiendo cangrejos de río y jugando sin descanso fútbol y básquetbol y hoy cumplo 60 años y tengo tres hijos extraordinarios, mérito que atribuyo a su excepcional mamá –Minayú, mi esposa– dos nietos muy pero muy queridos, un hermano y una hermana, sobrinos y unas dos docenas de hermanos entrañables que me dio la vida, después de la secundaria, la universidad y la maestría.

De primaria, en el Javier, tengo compañeros de clase que estimo profundamente y que, sin embargo, tuve que dejar de ver, debido a que un editorial del abuelo enojó al Director del colegio y me vi forzado a buscar otro lugar donde estudiar. Este suceso fue uno de los más dramáticos de mi vida, pues coincidió con el divorcio de mis padres. Es decir, sin aviso, perdí a mi papá, a quien prácticamente no volví a ver en 49 años, hasta que pidió verme en su agonía; perdí a mis compañeros de colegio a quienes estimaba muchísimo; perdí mi hogar en el monte, dejé los caballos, los pájaros, el ganado, los bosques, los ríos y los cangrejos: sufrí mi primer doloroso desarraigo.

En el Javier practicaba y era muy bueno en todos los estudios y deportes. Debido a mi destreza en el fútbol y en el básquetbol, fui uno de los discípulos preferidos del hermano Álvarez, quien llegaba a la finca Rabanales de mi abuelo Rubén Zamora, de excursión con los diferentes grados de primaria –en una de esas hice clandestinamente la Primera Comunión en la iglesia de la finca– y a escoger los chivos que se montaban en el jaripeo que tenía lugar en la celebración del “Pregón”, jornada en la que todos los alumnos nos dedicábamos a realizar deportes y a jugar.

La secundaria la cursé en el Instituto Privado de Varones y Escuela Preparatoria Anexa, un centro de estudios de muchos valores, principios y disciplina, de una sección por grado, muy cerrada a los forasteros, sin embargo, con el pasar del tiempo llegué a experimentar comodidad y a desarrollar amistades perdurables y muy queridas.

Durante el ejercicio de mi profesión fui encontrando en el camino más que amigos, hermanos que la vida me ha regalado, quienes me han prodigado afecto incondicional e invariablemente.

En contra corriente a la filosofía dominante en la familia, de ver con relativo desdén la universidad, logré estudiar Ingeniería Industrial y graduarme con distinción de mi programa de maestría en Administración.

Jamás pensé que practicaría el periodismo, del que siempre quise escapar, pero Gonzalo, mi primo, mis colegas del periódico y la vida lo transformaron en mi laberinto perfecto: es decir, sin salida.

Es cierto que desde que nació elPeriódico, a principios del gobierno de Arzú, hemos sobrevivido con muchas dificultades y en medio de la precariedad financiera. Todos los colegas amigos que han trabajado en elPeriódico, en medio de la incertidumbre, han dado grandes aportes clave para que sobreviviéramos a siete presidentes de la República, francamente hostiles. No obstante, debo especial reconocimiento y agradecimiento, a los extraordinarios colegas periodistas que me acompañaron de manera suicida en tiempos de Otto Pérez y Baldetti.

Me sigue causando felicidad, contra los consejos de médicos especialistas en rodillas, correr todos los días entre seis y diez kilómetros y lo seguiré haciendo hasta que sea posible. Mis metas y objetivos fundamentales eran transformar Guatemala en un país diferente, con progreso, prosperidad, civilización para todos. En esta tarea, el tacuche me quedó muy grande y es poco lo que pude realizar y aún puedo hacer.

Pido excusas a mis estimados amigos lectores por el abuso de este largo “tamagás”, y paciencia porque a continuación publico la carta que me mandó el mayor de mis hijos cuando alcancé los 50 años, en 2006: es uno de los mejores regalos con los que me ha premiado Dios y la vida. Muchas gracias por aguantar mis excesos con tolerancia.

Miami, Florida 19 de agosto de 2006

Querido Papi:

Esta carta se la quería enviar hace mucho tiempo, pero por una u otra razón no se la había podido confeccionar. Así que ahora aprovecho este gran evento –su cumpleaños– sus 50 años, su medio siglo de existencia para hacerlo.

Solo le quería contar que lo quiero y lo admiro muchísimo y estoy seguro que puedo decir lo mismo en nombre de mis hermanos y mi mamá. Egoístamente puedo decir que me siento feliz de que hoy tenga 50 años de existir y que espero que cumpla muchísimos años más, aun más de los 60 años a los que dice querer llegar. ¿Por qué? Porque gracias a que usted nació hace 50 años yo he tenido la oportunidad de tener el mejor papá que existe. El aniversario de su nacimiento es algo que celebramos todos los que lo rodeamos por el solo hecho de ser tan afortunados de tenerlo a usted en nuestras vidas.

De los 50 años de vida que hoy cumple, yo solamente he tenido la oportunidad de compartir 31 con usted. Y le puedo decir que cuando miro hacia atrás y hago un recuento de todos los años que he vivido con usted, solo recuerdo cosas buenas y alegres, buenos ejemplos y enseñanzas de vida (tanto en los momento difíciles como en los buenos) que me hacen ser hoy quien soy.

En mis memorias están talvez solo por fotos que he visto, recuerdos de estar acostado en su brazo, con los pies en su codo y la cabeza en su mano. Lo que sí recuerdo claramente es ir a verlo jugar básquet al gimnasio Teodoro Palacios, ir a las competencias del kinder y ganarle a todos los demás papás con sus hijos, recuerdo las noches que tenía miedo y usted me dejaba dormir entre usted y mami. Recuerdo todas las veces que me ayudó a hacer trabajos para el colegio, cuando me trataba de ayudar con la mate del colegio Alemán, cuando me ayudó con el famoso GRE, cuando estaba listo para empujar el carro en la graduación de Austin, cuando lo iba a ver a su clase en el INCAE, cuando me dejaba manejar en Jalapa, cuando me llevaba a dar vueltas en moto en El Carmen y cuando en La Cañada bajábamos las gradas en la TT.

Tengo en mis memorias cuando íbamos a jugar básquet al Universitario, cuando jugábamos béisbol en la avenida Las Américas, cuando jugábamos cincos en el jardín de atrás del sitio y hacíamos pistas para los cincos, haciendo caminitos, pequeños surcos con palitos en la tierra, para formar pistas para nuestras minúsculas esferas de vidrio (la mayoría de las cuales recibí como herencia de un viaje que usted hizo a Houston en su niñez) y hacíamos cataratas con mangueras para darle mayor grado de dificultad a nuestro juego. Me recuerdo cuando subíamos la montaña en Honduras y jugábamos soldaditos en las piedras. Me acuerdo de todas las veces que nos íbamos a Jalapa, de todas las veces que me iba a dejar a equitación y las veces que me iba a ver saltar.

Al igual que recuerdo todas esas cosas lindas, también recuerdo cosas más trascendentales. Recuerdo cómo me educó, cómo me demostró cuáles son las cosas más importantes en la vida. La importancia de amar y apoyar incondicionalmente a la familia, la importancia de fijarse metas inalcanzables y ser perseverante para alcanzarlas, la importancia de ser honrado, responsable, honorable, profesional, preparado, trabajador, genuino, idealista, buen amigo y siempre sincero. Me enseñó la importancia y me inculcó el sentimiento de ser gente, de ser modesto, de ser patriota y de tener convicciones firmes y claras, así como la aptitud de estar dispuesto a escuchar a los demás, de ser tolerante y abierto a las ideas de otros. A ser caballero. Así como a ser capaz de aceptar los errores cometidos y tratar de remediarlos. A saber que todo problema tiene solución y que como cuando se juega polo, hay que mantener siempre la sangre caliente, pero la cabeza fría y soportar con paciencia lo que se ponga enfrente para salir adelante. De igual manera me demostró que hay que disfrutar de la vida lo más que se pueda, tomando en serio las cosas serias, pero siempre con sabiduría y tratando de no hacerse bolas por cosas aparentemente graves que ni siquiera vamos a recordar la semana entrante. En consecuencia, que no son importantes.

En fin, son tantas las cosas que nos ha dado a mis hermanos y mí, y tantos los esfuerzos que ha hecho y hace constantemente por nosotros, que me siento afortunado de ser su hijo y de haber aprendido y seguir aprendiendo tanto de usted. Por supuesto que todas las cosas escritas en esta carta representan solamente una pequeña parte de todo lo que usted nos ha dado y todo lo que me ha enseñado. También tengo que aclararle, que el hecho que me haya enseñando todo eso y más, no quiere decir que yo domine todos estos asuntos, aunque aspiro un día poder hacerlo. Pero de lo que sí estoy seguro, es de que si persigo todas esas cosas que usted me enseñó, esa guía, ese plan de vida, esas convicciones, esa perseverancia, esa humildad, fruto de su amor, ejemplo, esfuerzos y en general del buen testimonio de vida que nos ha dado, estoy convencido que todos sus hijos vamos a lograr ser buenas personas, y vamos a servir y amar a nuestras familias, a nuestros amigos y a nuestras comunidades, en cualquier lugar en donde nos encontremos.

Así que, ¡muy feliz cumpleaños! ¡Y muchas gracias por existir! Qué bueno que hoy hace 50 años llegó al mundo, y qué bueno y qué fortuna tenerlo en nuestras vidas.

Espero un día poder llegar a ser la cuarta parte del papá que usted ha sido con nosotros. Y si lo logro, voy a estar seguro y convencido de haber sido un gran papá.

Para cerrar esta carta tan desordenada, solo me despido diciéndole que lo quiero mucho y adjuntándole una cita de un autor desconocido que me pareció que se aplica a la vida de mis hermanos y a la mía.

“Generalmente los jóvenes que tienen éxito en la vida, es porque escogieron bien a sus padres”.

Jose Carlos

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