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Opiniones de hoy

Miguel Ángel Asturias y las ciudades precolombinas (III parte)

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Asturias, ahora de su sabia mano nos lleva al corazón de la selva petenera y grita de nuevo: ¡El Trópico es el sexo de la Tierra!.

 

Estamos en la ciudad de Quiriguá, nos dice Asturias, nos hace pensar en las ciudades orientales: “El sacerdote llega; la multitud se aparta. El sacerdote llama a la puerta del templo con su dedo de oro; la multitud se inclina. La multitud lame la tierra para bendecirla. El sacerdote sacrifica siete palomas blancas. Por las pestañas de las vírgenes pasan vuelos de agonía, y la sangre que salpica el cuchillo de chay del sacrificio, que tiene la forma del Árbol de la Vida, nimba la testa de los dioses, indiferentes y sagrados. Algo vehemente trasciende de las manos de una reina muerta que en el sarcófago parece estar dormida. Los braseros de piedra rasgan nubes de humo olorosas a anís silvestre, y la música de las flautas hace pensar en Dios. El sol peina la llovizna de la mañana primaveral afuera, sobre el verdor del bosque y el amarillo sazón de los maizales”.

Asturias, ahora de su sabia mano nos lleva al corazón de la selva petenera y grita de nuevo: ¡El Trópico es el sexo de la Tierra! y en una de las ciudades o centros ceremoniales de la inmensa selva, vemos, oímos, sentimos los retumbos de Tikal y Don Miguelón nos susurra al oído: ¡Ciudades sonoras como mares abiertos! Y agrega: “En la ciudad de Tikal, palacios, templos y mansiones están deshabitados. Trescientos guerreros la abandonaron, seguidos de sus familias. Ayer mañana, a la puerta del laberinto, nanas e iluminados contaban todavía las leyendas del pueblo. La ciudad alejóse por las calles cantando. Mujeres que mecían el cántaro con la cadera llena. Mercaderes que contaban semillas de cacao sobre cueros de puma. Favoritas que enhebraban en hilos de pita, más blanca que la luna, los chalchihuites que sus amantes tallaban para ellas a la caída del sol. Se clausuraron las puertas de un tesoro encantado. Se extinguió la llama de los templos. Todo está como estaba. Por las calles desiertas vagan sombras perdidas y fantasmas con los ojos vacíos. ¡Ciudades sonoras como mares abiertos! A sus pies de piedra, bajo la vestidura ancha, ceñida de leyendas, juega un pueblo niño a la política, al comercio, a la guerra, señalándose en las eras de paz el aparecimiento de maestros-magos que por ciudades y campos enseñan la fabricación de las telas, el valor del cero y las sazones del sustento”. La ciudad alejóse por las calles cantando, nos dice Asturias. La ciudad era y son sus habitantes. Su pueblo y no sus edificaciones. Y porque cantaban eran un pueblo feliz. Mucho antes de la llegada de los diablos blancos, expresión usada por Julio Castellanos Cambranes. Los mercaderes o comerciantes contaban semillas de cacao –moneda mayense– sobre el cuero de los jaguares, entonces abundantes. Es un pueblo niño que juega a la política, al comercio y a la guerra. En eras de paz aparecen los maestros-magos que enseñan cómo se fabrican las telas, qué significa en las matemáticas el valor del cero y en la culinaria, las sazones del sustento. ¿Qué más sabemos nosotros, hoy, de esas ciudades o centros ceremoniales?

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