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Opiniones de hoy

Explosión poblacional o estancamiento secular

opinion

El número de dependientes de cada trabajador importa mucho en el ritmo del crecimiento económico.

En 1968, Paul Ehrlich publicó su libro La bomba poblacional y con su esposa Anne, en 1990, la secuela a este, La explosión poblacional. Hoy parecería que el problema es el contrario, el decrecimiento y el envejecimiento progresivo de la población.

Si bien es cierto que la población mundial seguirá creciendo en lo que resta del siglo, su ritmo de crecimiento será cada vez menor. Este fenómeno está afectando ya a varias regiones del planeta. Casi todos los países de Europa, e incluso China, uno de los países más poblados, están creciendo a una tasa que asegura que el número de sus habitantes se reducirá en los próximos cien años. En algunos países ha bajado ya la tasa de fertilidad a tal grado que es virtualmente imposible que su población se recupere.

En determinadas circunstancias, el aumento rápido de la población puede ser un obstáculo importante para el desarrollo nacional. Por ejemplo: cuando el número de niños improductivos es mucho mayor que el número de individuos productivos, los improductivos se convierten en una carga que limita el crecimiento del bienestar. Esta era la situación que preocupaba a muchos analistas en la segunda mitad del siglo XX.

¿Por qué? Los economistas nos dicen que de los ingresos que los individuos y los países generan con su actividad, una parte se dedica al consumo y otra al ahorro. No hay tercera opción. La existencia de muchos niños y personas improductivas en las familias o en los países implica un mayor consumo, y por lo mismo la posibilidad de ahorrar disminuye. Un bajo ahorro individual o social impide que se mejoren, o que se adquieran mejores instrumentos de trabajo, denominados también “bienes de capital”. Así, el crecimiento se retrasa o incluso se detiene. En conclusión: el número de dependientes de cada trabajador importa mucho en el ritmo del crecimiento económico.

En cambio, cuando aumenta la proporción de individuos en edad productiva frente al número de sus dependientes, el ahorro y la inversión pueden crecer y la producción de bienes se acelera. A este momento específico le han llamado el “bono demográfico”, circunstancia que se debe aprovechar.

Pero hoy, en el siglo XXI, las cosas están cambiando. El número de niños y jóvenes está comenzando a disminuir, mientras los avances médicos están alargando las expectativas de vida de las personas. Es claro que el número de viejos está aumentando en todo el mundo y, por desgracia, los viejos son menos productivos, e incluso se convierten en seres que aumentan su consumo enormemente. Mantenerlos resulta cada día más costoso. Ambos fenómenos –la disminución relativa de jóvenes productivos y el aumento del número de viejos poco o nada productivos– disminuye la capacidad de ahorro y el ritmo del crecimiento económico. Quizás esta sea la razón de lo que algunos economistas están comenzando a llamar a esta época la del gran estancamiento secular.

Muchos de nosotros somos optimistas y con razón: los últimos doscientos cincuenta años han sido extraordinariamente exitosos para la humanidad en todos sentidos, la pobreza ha disminuido y las condiciones de vida han mejorado enormemente para todos. La innovación tecnológica ha sido uno de los factores determinantes de este milagro. El otro, nuestro rápido consumo de energía fósil acumulada en la tierra durante millones de años.

Sin embargo, estos dos factores del crecimiento productivo pueden estar a punto de terminar. Los viejos son menos innovadores y la energía que obtenemos del carbón, del petróleo y del gas natural tienen límites tanto en cuanto a su existencia como en cuanto a sus efectos en el clima. Nuestro razonable optimismo debe ser moderado y nuestra actitud frente al futuro, prudente. El mundo está cambiando y no se parecerá para nada al del pasado reciente. Preparémonos para sorprendernos.

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