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Opiniones de hoy

Depuración del Congreso

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Muchos diputados temen que pudiera estarse gestando la depuración del Congreso, al igual que la que se llevó a cabo en 1994, en el marco de una reforma constitucional (que dio por terminados los períodos y funciones de los congresistas), cuyo detonante fue el “autogolpe de Estado” del 25 de mayo de 1993, protagonizado por el exgobernante Jorge Serrano (1991-93). Cabe recordar que el autogolpe de Serrano ocurrió en un momento de una tremenda descomposición política en el país. La clase política prácticamente se había convertido en una plaga de langostas que estaba posada sobre el sector público. En el Congreso imperaba la grotesca “trinca infernal”, conformada por las bancadas de la UCN, la DCG y del MAS, dedicada a los más ruines, oscuros y escandalosos negocios. Además, la Corte Suprema de Justicia y el Organismo Judicial se habían politizado hasta los cimientos, al punto que operaban como una mera maquinaria político-electoral.

Aquel precedente ha dado pie a que cada vez que se menciona reforma del Estado, algunos diputados invoquen el “fantasma de la depuración” y que expresen miedo a que se den por terminados sus períodos y funciones. Casualmente, los más temerosos siempre resultan ser los menos idóneos.

Hoy día el clamor por la depuración del Congreso se limita a exigir al Tribunal Supremo Electoral que cancele las inscripciones de los candidatos a diputados electos que son contratistas del Estado, que es un impedimento constitucional para optar al cargo de diputado, o que están siendo imputados penalmente, lo que supone una falta de idoneidad absoluta para ser diputado.

Sin embargo, el clamor por la depuración puede tornarse en una exigencia popular para que se den por terminados los períodos y funciones de todos los congresistas, al igual que ocurrió en 1994, si los diputados de la reciclada trinca infernal (UNE/TODOS-LIDER-PP), que hacen mayoría, se resisten a aprobar los consensuados proyectos de ley tendentes a reformar estructuralmente el Estado.

Durante el régimen de Álvaro Arzú (1996-2000), a raíz de los Acuerdos de Paz, se impulsó una reforma constitucional. La iniciativa no prosperó debido a que lo que en realidad tenía entre manos el régimen arzuísta era la concentración de poder, así como afianzar el centralismo, la discrecionalidad, el abuso, la corrupción y la opacidad.

El expresidente Óscar Berger (2004-08) también se planteó la reforma del Estado, pero se arrepintió y cobardemente optó por preservar el statu quo. Durante el régimen de Álvaro Colom (2008-12) más bien hubo involución; tanto así que hasta el proceso de modernización del sector público (gobierno electrónico, transparencia y carrera del servicio civil) se detuvo. Todo fue informalidad, clientelismo, farsa, simulación, corrupción y debilitamiento institucional. Durante el régimen de Otto Pérez (2012-15) se elaboró un buen proyecto de reforma constitucional, pero ante la insolente oposición de la degenerada clase política y de los defensores de los intereses creados, Pérez claudicó.

Por tanto, la ciudadanía debe permanecer alerta, vigilante y no bajar la guardia. El cambio debe ser irreversible.

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