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Opiniones de hoy

Ixcanul (I parte)

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El escabroso tema de la diversidad cultural: el problema del amor al otro.

Un hecho cultural es también un hecho político. Unas veces más relevante que otras. En el caso de Ixcanul su importancia es mucha. Se trata de una película en idioma Kaqchikel. Sí, en Kaqchikel. Extraña experiencia para los ladinos. Tener que leer en subtítulos lo que se dice en una película guatemalteca. Nos coloca en la marginal situación de millones de indígenas. Los ladinos hemos vivido muy cómodos con nuestro “idioma oficial” impuesto a la mayoría. Pues bien, una película guatemalteca que recorre el mundo, acumulando premios, habla en el idioma de esos otros ciudadanos, que sufren, día con día, el complejo problema de existir en un país donde el idioma oficial no es el suyo. Esta circunstancia, en sí misma, hace de Ixcanul un hecho cultural de trascendencia política. No podemos eludir el aislamiento, la marginalidad y la infinita serie de injusticias que implica un orden donde el Estado actúa desde el español, sin considerar que millones no lo hablan.

Ixcanul, del cineasta Jairo Bustamante, es una película que está narrada desde adentro del mundo indígena. En las narrativas a las que estamos acostumbrados, el indígena está visto desde afuera. Es decir, desde el mundo ladino hegemónico donde la cultura indígena resulta un misterio cerrado y, con frecuencia, se retrata con un desvío de la mirada: el exotismo, el racismo, el folklorismo. Cuando se narra desde adentro, no existe la noción de “estar siendo observado” como ocurre con el estudio antropológico. Existe una intimidad fundamental que nos sumerge en la comprensión de lo humano-universal y desgarra las fronteras.

Y, por cierto, según el propio Bustamante, una de los cuestionamientos que se le han formulado es justamente por qué se atrevió él, que es un ladino, a construir una narrativa desde lo indígena. La respuesta del cineasta resulta interesante. Vivimos en un país donde la diversidad cultural es un hecho. ¿Existe una prohibición fundamental de que los ladinos nos sintamos interesados en una historia indígena? Y, entonces, ¿existe también la misma prohibición en sentido inverso, los indígenas jamás podrán hablar del mundo ladino sin transgredir? Parece que imponer prohibiciones de esta naturaleza es racista de una refinada manera. Implica que no se puede ver al otro de manera íntima. Habría que preguntarse, si con esto se cierra la posibilidad del amor. Sí, de ese amor que el propio Jairo explica acerca de la producción que fue un proceso de transformación recíproca. Un íntimo proceso de integración entre los personajes indígenas y el productor. Y quizá sea este abrirse a la posibilidad del amor entre culturas, la cuestión fundamental que hace de esta producción un hecho político relevante. ¿Estaremos frente a una nueva manera de entender el mestizaje?

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