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Opiniones de hoy

De religión y política

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¿Cómo estimular la convivencia entre plurales?

Hoy en día, un país progresista habla del pluralismo como valor, sin estereotipos ni afanes de hegemonía. Por medio de una educación continua, apuesta por la trasformación del conocimiento fomentando la unión en un plano de democracia y de igualdad. Patenta compromiso con un lugar común, sin olvidar, claro, que la condición de ciudadano la da únicamente el sistema político. Es la escuela la que debe fomentar ese lugar común, sin importar género, condición económica, religión o etnia. ¡Esa sería “escuela” en todo el sentido de la palabra! Promover espacios de emancipación de pensamiento y combatir todo aquello producto de estereotipos. ¡El reto del millón!

 

La reflexión de Ferrer i Guardia, afirma que la laicidad del Estado no solo está vinculada a la separación de Iglesia-Estado, sino a la ambición y capacidad de liberar, de emanciparse de las personas de cualquier dogma, tutela o autoridad cuando es impuesta irracionalmente. Se refiere a la virtud de una tolerancia activa, esa que ve en el otro a una persona con autonomía de conciencia inalienable.

 

La gestión de la pluralidad arranca del respeto por todas las opciones de conciencia y el trato en igualdad que estas reciben del Estado, sean religiosas o no. A eso se le llama laicidad: ciudadanos con diferentes formas e identidades en un mismo espacio público; profundización democrática y alianza de causas justas.

 

Dicen que la democracia no se mide por el poder de las mayorías, sino por el respeto a las minorías. Garantiza, a través de su “deber laico”, la independencia del poder público; antepone el respeto por los derechos humanos (sin ser moralista); reside en la rendición de una sociedad plural y diversa; defiende la igualdad y no discrimina; certifica la libertad de decisión y de expresión, y respeta la necesaria autonomía del ámbito político. No se trata de prohibir religiones, sino de garantizar libertad de culto (ver nuestra Constitución).

 

En este tumultuoso contexto electoral, aparece un congresista con la insistencia de incluir en nuestra bitácora, una ley que obligue la enseñanza de la Biblia en toda escuela. ¡Vaya desvarío! Un Estado laico, moderno y democrático, jamás mezcla la religión con política, porque respeta esencialmente la tolerancia activa. Es su base, su razón de ser. ¿Cuál es la nuestra? Habrá que discutirlo y analizarlo si pretendemos transformar nuestro Estado fatigado. Sin conciencias subyugadas, claro.

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