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Opiniones de hoy

Los libros viven

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Todo eso me recuerda uno de tantos carteles: “Volar es fácil, abre un libro”.

Esta tierra, pródiga en cuarteles, moteles, burdeles, con un alto porcentaje de analfabetismo (entre 24 y 30 por ciento) y que cuenta además con buen número de analfabetos funcionales, carece por el contrario de amplias bibliotecas en donde los alfabetos puedan abrevar conocimiento y conseguir información.

 

La primera biblioteca a la que tuvimos acceso fue la del parque Colón a una cuadra de distancia de nuestra casa; luego pudimos frecuentar la de la antigua Universidad en la Facultad de Derecho, antañona fábrica en donde se firmó el Acta de Independencia de las Provincias Unidas del Centro de América, y que ahora ocupa el Salón General Mayor que lleva el nombre del mártir universitario Adolfo Mijangos López, ultimado impunemente por las fuerzas oscurantistas de siempre.

 

Ante la ausencia y la carencia de bibliotecas, subo por la 8a. calle en busca de la Biblioteca Nacional y al llegar a la 5a. avenida me encuentro con los relieves del genio de Efraín Recinos. Desde 1966 esa obra de arte refleja al antiguo Parque Central: los árboles con sus alborotadores zanates, las atoleras hablando con las vendedoras de tostadas, los policías persiguiendo a los rateros, los novios cantineando, las ruidosas y desvencijadas camionetas entre los que se mezclan palabras nuestras: “Shoo… semos provincianos… los mejores críticos son los mudos… la muerte pasó”.

 

Traspaso el umbral solo para toparme con una hermosa exposición de carteles relacionados con los libros y la lectura. Rodeando a la figura de Miguel de Cervantes están las leyendas: “Si nunca abres un libro ¿cuándo abrirás tu mente? Leyendo, el hombre intenta ser algo distinto de lo que habitualmente es… La ignorancia es una enfermedad curable. Da tus primeros pasos, dale vuelta a tus primeras páginas”. Flanqueando la efigie de Rafael Arévalo Martínez están otros bellos afiches: “No cierres tu mundo, abre las páginas del conocimiento… Un libro es un peldaño ¿cuántos llevas?… No importa en qué peldaño de la vida estés, nunca es tarde para aprender a leer”.

 

Con esos sabios mensajes en la deteriorada y flaca memoria dejo atrás los bellos relieves de Recinos y enfilo hacia el parque de la Industria, en donde me esperan tres niñas y su abuela. Recorro con ellas, los apartados que ocupan las diferentes editoriales y librerías que participan en la Feria Internacional del Libro en Guatemala, con libros caros, menos caros y baratos los menos que, a pesar de la tecnología digital moderna siguen vivos y educando.

 

Las niñas se detienen ante las mesas y pasan las páginas de los libros que les entusiasman. Del salón principal pasamos a la sala en donde los niños se entretienen escuchando cuentos; más allá está el Libro Grande de los Niños en donde los niños escriben lo que piensan y se les ocurre. Mientras que la abuela compra libros a los nietos, la niñas se entusiasman con cuentos de Monteforte. Todo eso me recuerda uno de tantos carteles: “Volar es fácil, abre un libro”. Un libro de cuentos sonríe satisfecho cuando una mano infantil recorre sus páginas.

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