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Opiniones de hoy

Nuestra casa común: unos pasajes importantes

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Nuestro planeta está sufriendo una inmensa crisis ecológica.

Una nación fundamentalmente cristiana, con festividades de raigambre popular en la Semana Mayor y en la Navidad, debiera ser conducida por líderes que se preocupen más por la vida terrenal, y por el cuidado del planeta. Y ese es el mensaje de Laudato si, una encíclica tan profunda y bella como Pacem in terris, de los tiempos de la gran amenaza bélica de dimensiones nucleares.

 

El mensaje es para creyentes y no creyentes, porque ambos grupos parten de una opinión similar: que la Tierra es una herencia común, y que sus frutos deben ser de beneficio para todos y no solo unos cuantos. Y es por ello que todo planteo ecológico, dice Francisco, debe incorporar una perspectiva social, que a mi juicio solo los de visión muy miope por aquí pueden objetar.

 

Existe entonces un principio de subordinación de la propiedad privada al destino universal de los bienes, dice expresamente Laudato si. Es así como el derecho universal a su uso es “una regla de oro”: y más claro no podría hablar un máximo jerarca de la Iglesia católica, a menos que nos cubramos de la fingida indiferencia ante una serie de reflexiones que vienen caminando y madurando desde Juan XXIII hasta nuestros tiempos.

 

Y es más, se asevera también que la tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada y subrayó la función social de la misma, dice claramente el ejemplar documento papal, preocupado por la degradación ecológica del planeta.

 

Por lo tanto, reafirma Francisco que no sería digno del hombre un modelo de desarrollo que no respete a las criaturas y a las especies, y principalmente a los derechos humanos, personales y sociales, económicos y políticos, incluidos los derechos de los pueblos y las naciones: ¡Qué buenas palabras ahora que los guatemaltecos andamos en búsqueda de diseños institucionales para una mejor convivencia entre nosotros!

 

Por lo tanto, acudimos a una feliz conclusión: “el medioambiente es un bien colectivo”, y de este punto debiéramos partir para construir las futuras propuestas de desarrollo sostenible, que nos permitan un mejor manejo de las cuencas degradadas como las de La Pasión, el Motagua o el Polochic.

 

Y así como en mi columna anterior sugerí a las universidades la adopción de criterios éticos y humanistas, el capítulo dedicado a la tecnología en la encíclica de referencia es hermoso: gracias debemos dar por los avances, pero el hombre moderno debe estar preparado para utilizar con acierto el poder que le otorga el desarrollo de la ciencia y de la tecnología. Y es que la libertad se enferma cuando la sociedad se entrega a las fuerzas ciegas del egoísmo y la violencia, que son parte de necesidades inmediatas, necesidades creadas.

 

El problema es cuando el paradigma tecnocrático ejerce su poder omnímodo y subordina a la economía y a la política: al actuar tan solo en función del rédito, del beneficio, las finanzas ahogan la economía real, y así como no aprendimos de las lecciones de la última crisis, ese mismo comportamiento es la fuente de la violencia y de la degradación del planeta.

 

Nuestro planeta está sufriendo una inmensa crisis ecológica, y ello obliga a un intenso llamado al Diálogo y a conjuntar esfuerzos globales para reorientar el rumbo de la propia globalización. Y las soluciones están vinculadas con una visión de ecología integral, que incorpore las dimensiones humanas y sociales.

 

Al ser integral, todo va unido: la erradicación de la pobreza y la desigualdad, y la adopción de un nuevo estilo de vida, que se aleje del consumo exacerbado que es al mismo tiempo “el mundo del maltrato de la vida en todas sus formas”. ¡Qué tal!

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