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Editoriales

Nicaragua somos todos

opinion

La brutal persecución política a la que está siendo sometida hoy la oposición nicaragüense no es más que el colofón de una bien ensayada farsa que parece ser cada vez más común en la región. La tragedia que alcanza su clímax con la detención y encarcelación de líderes opositores como los Chamorro, Cruz, Maradiaga, Pallais, Granera y Aguerri es el penúltimo acto de un detallado libreto que empezó a ponerse en escena varios lustros atrás y que culmina con la instalación de un dictadura. El extremo al que ha llegado la dictadura orteguista es posible gracias a una larga cadena de pequeños y medianos actos de intromisión política en el sistema de justicia, órganos de control político y administrativo y fuerzas del orden y seguridad. No miente Ortega cuando dice que todo lo actuado contra sus adversarios políticos es perfectamente legal, pues las leyes que hoy rigen en Nicaragua la participación política y social han sido cuidadosamente diseñadas para quitar del camino a quienes disientan de los deseos del régimen.

Sin respetar exactamente el orden cronológico en que ocurrieron los eventos, desde el primer día que la dictadura orteguista se hizo del poder en esta segunda ocasión no ha perdido momento alguno para ir copando con sus fieles esbirros todas las instituciones claves que garantizan el sistema republicano de pesos y contrapesos: autoridades electorales, fiscalía, cortes de justicia, contraloría de cuentas, asamblea nacional, entre otras, además, claro está, de los órganos de represión oficiales, llámese Policía Nacional o Ejército. Acciones que ocurrieron a plena luz del día, frente a los ojos de todos y con el silencio consentidor de ciertas facciones de la oposición y de la empresa privada; las facciones cómplices  de la oposición, con el ánimo de gozar de las mieles del poder, y los grupos consentidores del sector empresarial, afanados únicamente por mantener sus ganancias. Ahora que la dictadura orteguista ha completado la ejecución de su plan, todos aquellos que callaron o prefirieron ver a otro lado se dan cuenta de que los siguientes, de no seguir al pie de la letra lo que manda el régimen, serán ellos. Pequeñas, medianas y grandes transgresiones al sistema de pesos y contrapesos del sistema republicano, tan frecuentes ahora en nuestros países y tan celebradas por quienes dicen estar corrigiendo grandes males del pasado, irremediablemente derivan en lo que ahora vive Nicaragua. Lo que no se defiende en su momento se lamenta después. Nicaragua somos todos.

 

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