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Editoriales

Papel de China

opinion

Los sucesos ocurridos recientemente en El Salvador han generado una importante secuela de efectos colaterales que muestran las dificultades que afronta el Gobierno estadounidense para proteger sus intereses en la región. Tampoco es que algunas de las reacciones del primer mandatario salvadoreño hayan sido una total sorpresa; su negativa a reunirse con los “enviados” del gobierno de Biden para discutir los problemas del Triángulo Norte constituyó una muestra clara de cómo manejaría este tipo de asuntos el referido personaje. Las declaraciones que luego vertiera Bukele ante un grupo de embajadores, a quienes aleccionó acerca de la diferencia entre una colonia y un país independiente, revela el talante de su gobierno en esta materia.  Ante esto, no pueden, y no deben, las autoridades estadounidenses suponer que los distintos gobiernos de la región aceptarán con los ojos cerrados cualquier tipo de propuestas que puedan idearse los expertos en Washington para detener el flujo migratorio. En el caso de El Salvador, como mínimo, tendrán que convencer a las autoridades que el enfoque que ofrecen es el más efectivo y que mínimamente respetarán lo que dichas autoridades tengan que decir al respecto.

Cuestión que, tal como quedó demostrado la semana pasada, resulta obligada dado el interés de otras potencias económicas en estos territorios.  Contraria a la actitud tomada por la vicepresidenta Harris, quien críticó fuertemente la actuación de la Asamblea salvadoreña, el Gobierno chino ratificó que cree “el principio de la no interferencia en los asuntos internos de otros países y está convencido de que el pueblo salvadoreño tiene la capacidad y sabiduría para manejar bien sus propios asuntos internos”. Afirmación que, probablemente, no tenga, por de pronto, ninguna consecuencia real sobre la forma en que EE. UU. conduce sus negocios en El Salvador y la región, pero que, en el plano simbólico, tiene profundas implicaciones para la forma en que la potencia del Norte ejerce su poder sobre estas naciones. Si el pragmatismo chino termina por ofrecer mejores condiciones para solucionar los problemas económicos del área, no extrañaría que varios gobiernos prefirieran el papel de China para buscar el desarrollo económico y social que el que típicamente ha jugado EE. UU. en la región.

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