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Editoriales

Por sus frutos los conoceréis

opinion

De hecho, por sus frutos, de sobra, los conocemos ya. No hacen falta modificaciones legales para constatar que muchos de quienes hoy más aplauden las recientes modificaciones a la Ley de Contrataciones son lo que, según el Evangelio de San Mateo 7:15, el Señor llamó “falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de oveja, pero por dentro son lobos rapaces”. Por más que culpen a la Ley de Contrataciones de su falta de resultados, la falta de eficiencia, transparencia, efectividad y rectitud en las compras públicas son producto de problemas que trascienden este instrumento jurídico. Los gastados argumentos que varios alcaldes y diputados utilizaron para justificar dichas enmiendas los hemos escuchado docenas veces en los últimos 20 años; todas las veces que dicha Ley ha sido reformada en el pasado se ha argumentado lo mismo pero los frutos siguen siendo los mismos de siempre: abusos, conflictos de interés, favoritismo, opacidad y corrupción. 

La adquisición por compra directa se ya la modalidad más utilizada en el sector público y, según parece, de nada ha servido en términos de promover mejores resultados en materia de desarrollo. De nada sirve agilizar las compras públicas si los bienes y servicios que se adquieren no son los que más necesita la población y mientras no se garantice que se obtuvo el máximo rendimiento social a cambio de los recursos públicos utilizados.  Mientras no mejore la capacidad de planificación dentro del sector público, especialmente dentro de los gobiernos locales, resulta iluso, si no falaz, pretender que  agilizando las compras públicas se van a subsanar problemas que se originan en la mala conceptualización, diseño y ejecución de las intervenciones públicas. Ampliar el margen de discrecionalidad en la modalidad de compra no es más que un chapuz a un complejo problema que el Congreso y el Minfin se niegan a reconocer. Lamentablemente, estas reformas a la Ley en nada ayudan a garantizar que se cumpla, en el sentido metafórico, aquello de “todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego”, tal como reza el versículo 19 del citado capítulo del Evangelio. Las sabias palabras del Señor en este pasaje vienen como anillo al dedo a lo que nos espera: “No puede… el árbol malo dar frutos buenos… así que, por sus frutos los conoceréis”.

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