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Editoriales

Una nueva alianza

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Los días de Semana Santa deben ser de honda reflexión, sobre todo considerando que estamos conmemorando la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, nuestro Señor.

Una cuestión sobre la que debemos meditar es que Cristo estableció con nosotros una nueva alianza, la cual es mucho más que un simple contrato por medio del cual él tomó nuestros pecados a cambio de su inocencia.

La nueva alianza que Cristo estableció se traduce en la constitución de una familia que abarca a toda la humanidad, con la que él compartió su propia filiación divina, haciéndonos hijos e hijas de Dios, lo que nos permite compartir su gracia. De suerte que la gracia del Señor es algo mucho más grande que un simple favor divino, es el don de la vida de Dios en la condición de filiación divina. Hijos e hijas de Dios por su gracia.

“Tú me das tu escudo victorioso, tu diestra me sostiene, multiplicas tus cuidados conmigo, al andar ensanchas mis pasos, mis tobillos no se tuercen” (Salmo 18:36-37).

Entrar en la sociedad divina y participar en sus acciones significa colocarnos bajo la alianza de Dios.

Dios no pide que nos comportemos de determinada manera ni prohíbe ciertas conductas, ni se manifiesta, según el caso, a través de premios y castigos. La alianza con Dios no se trata de eso, no es un contrato por medio del cual se intercambian bienes o servicios, sino que se trata de personas: “Seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios” (Ez 36, 28). Yo soy tuyo y tú eres mío.

Las alianzas crean familias. Dios hizo su alianza para restablecer o renovar el vínculo familiar con los seres humanos, creados a su imagen y semejanza.

Jesucristo nos quiere en la alianza nueva y eterna que él ha establecido por medio de su carne y su sangre, la misma alianza que se renueva y ratifica en la Eucaristía, instituida por él en la Última Cena. Cuando su sacrificio supremo es renovado en el sacrificio del altar, nos reunimos en la mesa familiar para la sagrada comida que nos hace uno en él.

Jesús dijo: “Os lo aseguro, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Como el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así quien me come vivirá por mí” (Jn 6, 52-68).

¡Qué el Señor los bendiga!

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