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Editoriales

Prosperidad para el año venidero

opinion

Hoy está concluyendo un año complicado en todo sentido. El año 2020 fue marcado por la pandemia del coronavirus (COVID-19), que trajo enfermedad, muerte, confinamiento y crisis económica. Como si no fuera suficiente, el territorio nacional fue azotado por los huracanes ‘Eta’ y ‘Iota’, que causaron muerte, hambre, desolación, refugiados, desaparecidos, inundaciones y destrucción. 

Prácticamente, la emergencia por calamidad pública se mantuvo vigente casi todo el año, extremo que, lamentablemente, no necesariamente se tradujo en apoyo a los damnificados y a las víctimas, sino que fue aprovechada por algunos para el enriquecimiento ilícito, el saqueo y la corrupción en general. Muchos recursos vitales para atender a los que más sufrían fueron sustraídos y desviados, incluso aquellos provenientes de donaciones y de la caridad. 

La catástrofe sanitaria y los desastres naturales obligaron a la población a sacar fuerzas de flaqueza para hacer frente a la adversidad y la tragedia. Sin embargo, muchos sucumbieron y no resistieron el embate de la pandemia y las fuerzas de la naturaleza. El sistema sanitario fue desbordado y la gestión de riesgo fue totalmente excedida, al punto que ni siquiera se ha completado el inventario de daños y pérdidas humanas efectivas.

No obstante que el Estado dispuso del presupuesto de gasto público más abultado de la Historia patria en 2020, de Q107.7 millardos, y que, incluso, el Congreso autorizó la contratación de préstamos multimillonarios, así como la emisión inorgánica (impresión de billetes sin respaldo) por Q11 millardos, a costa de una espiral inflacionaria que se ha comenzado a percibir en los últimos meses, el gobierno, además de que no tuvo la suficiente capacidad de ejecución de gasto público, manejó las finanzas públicas de manera deficiente y opaca. 

No hubo eficiencia ni eficacia fiscal, el grueso de los recursos se gastaron a través del sistema paralelo de gasto público, sin transparencia ni rendición de cuentas, aumentó la burocracia irracionalmente, engrosó los pactos colectivos de condiciones de trabajo dando pábulo al clientelismo de Estado, no aseguró la optimización de la calidad y el costo de la infraestructura física y toleró el despilfarro en el llamado gasto social, que se tradujo en mero gasto discrecional y sin control.

El rechazo de la población al presupuesto estatal abultado que se aprobó en noviembre pasado, con un techo de gasto público por Q99.7 millardos, que suponía un excesivo déficit presupuestario, que debía ser financiado a base de endeudamiento público, casi en un 35 por ciento, fue el acumulado de la indignación ciudadana, que dijo “basta ya de ser espectadores”.

Ojalá que el gobierno haya recapacitado y que el año 2021, el año de la pandemia y la vacunación, sea un año de recuperación social, de reactivación económica y de combate frontal contra la delincuencia organizada nacional y transnacional, contra la corrupción y contra la impunidad, sin excepciones.

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