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Editoriales

“Impasse” electoral en los EE. UU.

opinion

Como se anticipó, el escrutinio, que favoreció al presidenciable demócrata Joe Biden, no necesariamente pondría fin a la disputa político electoral en los EE. UU. De hecho, un nuevo capítulo se ha abierto en el insufrible enfrentamiento entre republicanos y demócratas, que, por cierto, se inició el mismo día en que el presidente Donald Trump, un ‘outsider’ de la política que se catapultó con un discurso matizado por la “política de la antipolítica”, tomó posesión el 20 de enero de 2017. Todo el período presidencial de Trump, quien ganó sorpresivamente las elecciones presidenciales en 2016, estuvo marcado por la confrontación. Nunca hubo una tregua. 

El gobernante no construyó una convivencia bipartidista, debido, en gran medida, a su particular estilo de liderazgo desafiante y vertiginoso, en tanto que la oposición política siempre fue hostil a las iniciativas presidenciales, al extremo que, en medio de los ánimos caldeados, promovió un juicio político (‘impeachment’) para desaforar a Trump, que, aunque no cuajó en el Senado, sí desgastó su imagen ante el electorado. 

Por supuesto, los dimes y diretes, así como las descalificaciones e imputaciones, entre la oposición política y el oficialismo, fueron subiendo de tono e intensidad, llegando a su clímax en la campaña electoral de este año, en la que Trump se postuló para la reelección presidencial.

Claramente, el frenetismo marcó el debate político, la propaganda y la movilización de simpatizantes. Sin duda, los efectos de la pandemia del coronavirus (COVID-19), la desaceleración económica y las protestas en las calles contra el racismo y la brutalidad policíaca, fueron condimentos exacerbantes del ambiente electoral.

El antagonismo llegó a tal nivel que el endurecimiento de las actitudes invisibilizó, para los contendientes, la opción de perder con decoro y conceder. Era previsible, entonces, que se cuestionaran los resultados y que se magnificaran potenciales errores, deficiencias y anomalías en la votación, así como en el conteo de los sufragios. De hecho, el bando republicano, durante la campaña, visualizó el voto por correo como susceptible de manipulación.

Dado que los resultados no favorecieron al gobernante de turno, en su aspiración a ser reelegido, aunque sí a los candidatos a gobernadores, senadores y miembros de la Cámara de Representantes postulados por el Partido Republicano, los abogados de Trump impugnaron los resultados de las elecciones celebradas en varios Estados, bajo el argumento de haberse incurrido en graves irregularidades en la emisión de los votos por correo y de manipulación del sistema informático, impugnación que, de acuerdo con las regulaciones estadounidenses, es procedente echar mano de ella y que deberán resolver, en primera instancia, las comisiones electorales y, en caso de apelaciones, las cortes estaduales y federales.

Se pasó entonces del ámbito de los votos al terreno de las pruebas, que, según el DRAE, se traducen en la “justificación de la verdad de los hechos controvertidos en un juicio, hecha por los medios que autoriza y reconoce por eficaces la ley”, al igual que ocurrió con motivo de las elecciones celebradas el 7 de noviembre de 2000, cuando el demócrata Albert Gore impugnó los resultados de los comicios en Florida que favorecían a su contrincante, el republicano George W. Bush. Finalmente, las cortes se decantaron a favor de este último. Afortunadamente, el régimen de legalidad (‘rule of law’) en los EE. UU. es sólido y confiable, por lo que no dudamos que la situación controvertida se resolverá con estricto apego a la ley.

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