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Editoriales

Cuando una puerta se cierra, es porque otra se abre, grande y con mayores oportunidades

opinion

Mayra Gabriel / DPI 1788 31743 0101

 

Desde hace varios días, se me ha venido a la mente esta frase: “No es lo mismo abrir la puerta y salir, que la puerta esté abierta, te saquen y te la cierren”. ¿Qué interpretación le doy? ¿Qué siento cuando me imagino ese momento? ¿Cuando veo esa puerta abierta o cerrada? ¿Qué se me ocurre? Se me vienen a la mente varias imágenes.

 

Cuando veo la puerta abierta o de par en par, como se suele decir, percibo la libertad de dejar entrar lo que venga, de no tener ningún tipo de restricción, ni la necesidad de precaución. De tener confianza y sentir ilusión por lo nuevo que se presente. Simplemente está abierta de manera amigable y se mantiene abierta sin ningún límite.

 

En cambio, una puerta cerrada, transmite otras sensaciones, porque no implica libertad de entrada o de salida. Hay que tocar para pedir permiso para entrar, como valor aprendido, y como el respeto que me enseñaron mis papás, y yo, a mi hijo. Una puerta cerrada transmite privacidad. Una puerta cerrada, de forma figurativa, también supone restricciones, limitaciones o simplemente algo que ya no puede ser. Implica a la vez algo que termina, algo que ya no tiene por qué seguir, porque simplemente, ya no encajamos.

 

Ahora bien, ¿qué pasa cuando la puerta ha permanecido abierta, con la confianza y libertad que se ha transmitido por cualquiera razón, y, de manera inesperada, te la cierran para dejarte afuera sin poder entrar de nuevo? Razones asociadas podrían ser la muerte de un ser querido. Un despido. Una transición de trabajo, cero profesional. Una relación que termina. Un secuestro. Un embarazo que no llega a feliz término.

 

¿Cómo se le puede llamar a eso? Esa puerta que se cierra, sin importar por qué situación o experiencia, puede crear desilusión, desánimo, desacierto; pero, sobre todo, una falta de entendimiento, por un final inesperado. Y en esos momentos, ante todo, se vive un período de mucha tristeza.

 

El tiempo entonces, debe transcurrir para aceptar que todo es perfecto como pasa; y al final, lo ocurrido se convierte en una nueva oportunidad de cambio. En una nueva puerta que se abre. En un final para dejar ir, para soltar y abrirse a lo nuevo, sin resentimiento y, sobre todo, para perdonar y bendecir.

 

Podemos verlo también como esa nueva posibilidad de empezar otra aventura de vida; una etapa que inicia con algo novedoso por conocer. Para conocer todo aquello que es nuevo, y que muchas veces ha estado guardado en nuestros deseos; pero no hemos logrado ver hasta cuando se nos cierra la puerta actual y dejamos que se abra esta otra nueva.

 

Así que, a darnos permiso para descubrir todo eso nuevo, con valentía, y a dejar que fluya nuestro yo; ese yo a quien debemos de serle siempre fiel. A dejar que fluya lo nuevo, pues es claro ya, que no encajamos en todo eso que dejamos atrás o indirectamente nos hicieron dejar.

 

Bien dicen que, cuando una puerta se cierra, es porque otra se abre, grande y con mayores oportunidades. Una puerta abierta y ancha que, con valor y FE, puede simbolizar que algo nuevo y mejor viene y está por llegar a nuestra vida.

 

Como nada se queda quieto ni es estático, siempre hay algunos, que aprovechan a entrar por la puerta ancha; la misma se convierte en la senda que lleva a una especie de perdición, la cual, sin saberlo, por la facilidad y la conveniencia, algunos usan para entrar corriendo, como esos “lobos disfrazados de ovejas finas”. Sin embargo, ¿por cuánto tiempo permanecen y cómo quedan al final?

 

¿Quién de todos aprende? ¿Quién resulta triunfador ante la vida y ante el Universo? Cómo se valora este tipo de oportunidad? Como una oportunidad de crecimiento, como un aprovechamiento o continuar siendo la víctima?

 

Interesante ¿verdad? Por eso, nuevamente, lo que ha sucedido, en el transcurso de nuestra vida, sucedió; hay que dar gracias por estar despierto y seguir creciendo. La vida presupone oportunidades continuas; y sólo queda seguir para adelante, con entereza y tranquilidad, ¡pues así es esta aventura llamada vida, donde el mayor aprendizaje es siempre ser fieles a nosotros mismos y conservar nuestra propia verdad. Yo soy, quien de verdad he elegido ser . . . ¡ser fiel a quien soy, con la bendición de Dios!

 

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