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Editoriales

El Conflicto Árabe-Israelí Sionismo

opinion

Luis Fernando Levi / DPI 2571 73802 0101

 

En 1890, el escritor vienés Nathan Birnbaum acuñó en una publicación del Diario Popular Judío el término “sionismo”, derivado de Sion, nombre bíblico de Jerusalén, de allí el nombre del movimiento político del siglo XIX promotor de la creación del Estado judío en tierra ancestral de Israel en la Pangea otomana, como respuesta política al antisemitismo contemporáneo. En el panfleto El Estado Judío de 1896, el líder sionista Theodor Herzl, periodista austrohúngaro, proféticamente describió la fundación del Estado de Israel en el primer congreso sionista, en Basilea, 1897, así:

 

“Entonces, yo creo que una maravillosa generación de judíos nacerá a la existencia. Los macabeos surgirán de nuevo. Repito una vez más mis palabras introductorias: Los judíos que deseen un Estado lo tendrán. Al fin viviremos como hombres libres en nuestra tierra, y moriremos pacíficamente en nuestras propias casas. El mundo se alimentará de nuestra libertad, se enriquecerá de nuestra fortuna, y crecerá con nuestra grandeza. Lo que intentemos hacer para nuestro bien, reaccionará poderosamente y benéficamente para el bien de la humanidad”. Los frutos del Estado de Israel en 70 años de existencia dan testimonio de esa visión, en plena era postsionista.

 

En 1878 fue fundada “Pétaj Tikvá” (Puerta de la Esperanza), la primera moshavá de 28 colonias de granjeros judíos independientes en la Palestina otomana, seguida en 1882 por “Ness Siona” (Estandarte para Sion) y “Rishón le’Sion”, literalmente primer asentamiento de inmigrantes judíos rusos en la ancestral tierra de Israel durante la primera aliyá, ola de inmigración, que llegaron huyendo de los “pogromos” (del ruso “pogrom”, devastación) ocurridos en 1871, sinónimo de persecución, linchamientos y saqueos contra comunidades judías en la Rusia del Zar Nicolás II; réplica de similares agresiones en otras latitudes, a través de dos milenios como pueblo exiliado. El modelo de asentamiento comunal se repetiría gracias a contribuciones financieras y gestión con autoridades otomanas de donantes europeos como Moisés Montefiore, Edmond de Rothschild y el Barón Maurice de Hirsch; motivados por el mensaje del escritor polaco Leo Pinsker, en su publicación Autoemancipación después de los pogromos de 1881.

 

El trabajo de los primeros colonos judíos en Palestina era ardua labor manual, pero ante todo, sacrificio personal por bien común, tareas de labor agraria habilitando la tierra disponible para cultivos, cuya producción era para sobrevivencia.

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