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Editoriales

¡Hasta siempre Potoyo!

opinion

Silvia Alvarado de Córdoba / salvarado@cnee.gob.gt

El pasado Martes Santo, se apagó la vida terrenal de un gran guatemalteco, un intelectual de muy altos quilates, dilecto conversador, íntegro hasta el tuétano, ilustre profesional del Derecho pero por sobre todo, amante profundo y sincero de este país y de su gente. Yo por mi parte, también perdí a mi mejor amigo y consejero, alguien a quien ya extraño profundamente y extrañaré por el resto de mis días… José Rodolfo Pérez Lara, a quien la mayoría de los que le rodeábamos llamamos cariñosamente Potoyo. Se retiró de este mundo con la misma nobleza y determinación que siempre lo caracterizaron. Él era simplemente así, de una pieza. Cuando su salud comenzó a deteriorarse, luchó todo lo que pudo… pero su preclara inteligencia indudablemente le dejó saber muy rápidamente que el deterioro físico sería devastador y así las cosas, Dios le concedió retirarse pronto, con la misma dignidad y entereza con la que vivió todos los días de su vida.

En nuestras mentes y corazones vivirán por siempre los recuerdos de vivencias dulces y entretenidas a su lado y también de aquellas amargas, pues cuando se trata de personajes como Potoyo, que no negocian sus principios ni siquiera ante la más tentadora de las oportunidades, no pueden faltar los momentos de desencanto y decepción. Y sin embargo, aun ante las consecuencias de bajezas y acciones para perjudicarlo, mi amigo nunca bajó la cabeza. Recuerdo ahora con nostalgia la última aventura en la que se embarcó en su perenne deseo de servir al pueblo de Guatemala y soñar con una Patria mejor. En solitario, se postuló para una Magistratura ante la Corte Suprema de Justicia y gracias a su hoja de vida llena de logros y méritos, consiguió ser calificado entre el top 10 de los candidatos. Y sin embargo, ¡oh sorpresa! La corruptela política del momento, ¿cuándo no? se encargó de vedarle la oportunidad de ser electo y servir a su país desde un cargo público de tanta relevancia, como tanto lo anhelaba.

En fin, a Dios gracias querido Potoyo, ya tus sinsabores y sufrimientos por esta tierra a la que tanto amaste, terminaron. Hoy tu espíritu y tu alma son verdaderamente libres como siempre quisiste ser en este mundo, en el que fuiste indomable, auténtico, diferente, solidario, generoso, responsable, caballeroso y con una nobleza singular. Me regocijo de pensar que estarás haciendo reír con tu incomparable buen humor y ocurrencias a todos los seres queridos que se nos han adelantado junto contigo a la Gloria Eterna.

A tu querida familia, en especial a Silvia, tu esposa, tus hijos y nietos, agradezco que te hayan compartido con nosotros. Y a los que se atrevieron a hacerte daño, ojalá y algún día se arrepientan y logren reconciliarse con Dios. Tú, para dicha nuestra, no volverás a sufrir más decepciones. Descansa en paz querido amigo y como nunca podré decirte adiós, te digo hasta siempre!

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