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Costumbres funerarias

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Las costumbres y normativas sociales funerarias han ido cambiando con los años en Guatemala. A finales del siglo XIX y hasta muy entrado el siglo XX se acostumbraba en estas tierras dar la noticia del fallecimiento de una persona por medio de esquelas personalizadas,  las cuales eran repartidas a los familiares y amigos del difunto.

Las esquelas eran grandes tarjetas hechas de cartulina o papel, las cuales iban enmarcadas en negro, con su respectivo sobre luctuoso, en donde, además de dar a conocer el fallecimiento de la persona, se invitaba a las honras fúnebres y a los actos religiosos por el sufragio de su alma.

Como la ciudad era pequeña se hacía fácil la tarea de repartir las esquelas y llegaban a su destino casi antes de que se enfriara el difunto.

Un patojo chispudo salía corriendo por la empolvadas calles de la ciudad, buscando a diestra y siniestra los nombres y las direcciones manuscritas anotados en los sobres, y antes de aporrear el tocador de bronce con forma de leoncito o esperar respuesta o de que alguien abriera el portón o puerta de la casa, deslizaba la esquelona por debajo de la puerta, anunciando, como ave de mal agüero de alas muy negras, el  triste deceso de alguno de los parroquianos.

Otras de las costumbres funerarias que se han ido perdiendo con el tiempo hasta desaparecer del todo es el llamado retrato funerario, vinculado con la época victoriana, reinado que marcó en el mundo occidental numerosas costumbres en el ámbito de las costumbres sociales, desde la foto funeraria hasta el clásico vestido de novia.  

En una situación normal y doméstica, la foto del occiso se tomaba en el lugar del deceso, y se constituía en el recuerdo final del fallecido, su última imagen en el mundo de los vivos, siendo las más sentidas y dramáticas las de los pequeños infantes rodeados por toda la familia.  Para la última foto se componía el difunto, tratándole de cambiar, inclusive, el rictus fatídico de la muerte por otro que inspirara paz o resignación final. Inclusive, si se deseaba fotografiarlo antes de su partida final, con los ojos abiertos, existían mecanismos tan absurdos como el uso de palillos de dientes para detener la fuerza de la gravedad en los párpados para mantenerlos abiertos.

  Se le vestía con sus mejores galas, se le ponían las gafas, por ejemplo, si es que en vida el ahora difunto gustaba de la lectura, y, por si era necesario, se le aplicaba algún tipo de colorete o se le amarraba un pañuelo en la cabeza para mantener la boca cerrada.

  El difunto era colocado en su cama, como que si estuviera durmiendo, rodeado de los arreglos de flores enviadas por la familia y las amistades, con el crucifijo o el rosario de la familia como amuleto,  con muchas velas encendidas, como se acostumbra preparar aún las tradicionales velaciones del Santo Entierro.

 

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