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Columnistas

Las lagunas de Tívoli

opinion

SOBREMESA

Muy cerca del Acueducto de Pinula, de arcadas fabricadas de ladrillo y que fue por mucho tiempo la referencia más distante para referirse al sur de la ciudad, se encontraba la finca La Aurora, que fue adquirida por el presidente José María Reina Barrios a finales del siglo XIX para hacer aún más grande el parque La Reforma y de paso construir un zoológico, tan de moda entonces, con animales salvajes enjaulados y grandes pajareras para que niños y adultos de Guatemala pudieran experimentar vivitos y coleando a los leones, las cebras y un enorme elefante.

Muy cerca de La Aurora se encontraba la finca Tívoli, de paraje boscoso, con cipreses centenarios y altos, pimientos y sauces llorones que crecían frondosos y verdes sobre el terreno acuoso. Nuestros abuelos y tatarabuelos conocieron muy bien Tívoli, y cuando oían mencionar el nombre decían: “sabían ustedes que en Tívoli había varias lagunas y aguadas, que crecían con la lluvia del invierno y se achiquitaban en verano.” Y la plática fluía como el recuerdo: “había también una pequeña catarata de agua fresca, fascinación de los visitantes que llegaban al paraje acuático en bicicleta o a pie. “Se llamaba así”, referían los adultos, “en recuerdo de la ciudad romana, conocida en el mundo entero por las fuentes y chorros de agua cristalina”.

 Era costumbre de antes en Guatemala, realizar excursiones domingueras al aire libre por los parajes verdes, terrenos y fincas que rodeaban la ciudad. Con la libertad y el respeto que imperaba entonces, los paseantes entraban como “Pedro por su casa”, levantando la talanquera de madera y alambre espigado, y disponían a su antojo de un paraje para el banquete campestre de día domingo disfrutando del aire libre. En el caso de Tívoli, las lagunas se prestaban para la pesca y la cacería de patos salvajes que pernoctaban en sus aguas tranquilas.

Los abuelos contaban muchas historias sobre  las dos lagunas de gran tamaño, con peces y fauna salvaje, así como de las excavaciones donde encontraron enterrados los huesos de un enorme mastodonte. 

Después de los terremotos de 1917 y 1918,  la pequeña ciudad de Guatemala no pasaba del puente de la Penitenciaría Central y del Templo de Minerva, comenzó a extenderse como pulpo hacia el sur, y muchos extranjeros escogieron  la zona 9, por donde se secaron las lagunas en tiempo de Ubico, para construir sus viviendas, grandes casas rodeadas de jardín, como las europeas antes de la Segunda Guerra. Las llamaron chalets, y las alumbraron con farolitos con focos eléctricos que prendían de noche, semejantes a las casas que prosperaron a mediados de los años cincuenta en California. 

 

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