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Columnistas

Viva la revolución

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Lado B.

Algunos familiares míos eran nostálgicos del ubiquismo. “¡El santo señor Ubico!”, clamaba una tía abuela, cada vez que sentía que el mundo se le derrumbaba. Corrían los años sesenta: demasiado ruido, demasiados pelos largos, demasiadas minifaldas, demasiados guerrilleros…las costumbres se relajaban, a pesar de la dictadura militar que nos gobernaba. Solo don Jorge podía ser capaz de detener el libertinaje, de proteger a la gente decente, de poner orden frente al caos que nos envolvía. “Los maestros ganaban cuatro quetzales, pero una docena de huevos costaba uno o dos centavos”, algo así era el argumento para explicar la lamentable condición de las instituciones. Curioso, mi tía abuela era una maestra a las que la Revolución del 44 más bien había hecho justicia. Trabajó desde los 14 años en lugares desconectados de la civilización y de aquello que llamaban progreso, conocía en carne propia las miserias de la dictadura. Su admiración por Ubico nacía quizá del malestar con el que vivía el presente, ya que no comprendía mayor cosa de política. Su participación, en ese sentido, se reducía a ponerle una veladora a San Miguel Arcángel cada vez que anunciaban un golpe de Estado.

En mi colegio de primaria no creo que hayan sido ubiquistas, y más bien existía un sincero rechazo por las armas y las soluciones violentas, pero en las clases de Historia (Estudios Sociales, se llamaban) nos saltábamos de Ubico a Castillo Armas cuando recitábamos los nombres de los presidentes de la República. Mi memoria podría ser engañosa, pero tengo la impresión de que en algunos cromos con los retratos de los mandatarios, no aparecían los rostros de Arévalo y Árbenz. Nadie nos explicó que en algún momento había habido una revolución y en qué había consistido. En realidad se consideraba de mal gusto hablar de política, temas impropios de niños educados.

La verdad, la primera persona que me habló de Arévalo y Árbenz fue mi tía abuela ubiquista, con ellos había llegado la disolución de las buenas costumbres, y a mí los señores me cayeron muy bien porque yo odiaba el costumbrismo y los buenos modales. Más adelante tuve los mejores maestros, gente que me ayudó a conectarme con la Historia. Saber que mi padre había acompañado a José Manuel Fortuny a tomar el cuartel de la Fuerza Aérea el 20 de octubre del 44, por supuesto me llenó de orgullo. Haber pasado una semana entera, frente a la laguna de los siete colores de Bacalar, platicando con Carlos Illescas, gran poeta revolucionario, fue un verdadero privilegio. Y luego esas otras charlas intensas con Otto Raúl González, Carlitos Navarrete y, sobre todo, Jacobo Rodríguez, me enseñaron todo aquello que era imposible aprender en los libros. Me hubiera encantado estar ahí, vivir todo aquello, pero siempre he llegado tarde a los grandes acontecimientos.

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