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Ayuda para un amigo

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Follarimos.

Muchos de ustedes saben de él, porque lo he mencionado en mis artículos a lo largo de los años. Se trata de Donnerick Cohen, el famoso chofer de taxi que me llevaba a todas partes y me daba consejos sensatos y efectivos para bregar con algunos casos clínicos difíciles que yo le exponía, por lo que desarrollamos una amistad que perdura hasta hoy, aunque las circunstancias hicieron que él no pudiera seguir haciendo de taxista desde que surgió el servicio de Uber que exige carros más modernos.

Debido a la pandemia y a las consecuencias nefastas que esto ha traído en todos los ámbitos de la vida, Donnerick perdió la pequeña inversión que había hecho en un negocio personal de anteojos graduados, porque las citas para hacer exámenes de la vista al personal de distintas empresas fueron anuladas y no se renovaron. Durante estos meses él ha tratado de sobrevivir precariamente vendiendo productos antibacteriales y artículos de limpieza, ha tocado decenas de puertas para conseguir trabajo, ha ofrecido servicios de taxi con su viejo carro, pero no ha encontrado nada de nada.

Hace un mes me habló por teléfono para contarme que la situación estaba cada vez peor y no sabía qué hacer. No tenía para pagar el alquiler del cuarto donde vive y no veía ninguna salida. Ni siquiera la Iglesia mormona, a la que él entregó tiempo y energías gratis durante más de dos años, ha podido o querido ayudarlo. Prácticamente, su único amigo y apoyo he sido yo, pues él no tiene familia.

Hace tres días recibí otra llamada. Lo sentí conmovido. Llamaba para agradecerme por todo lo que yo había hecho por él y para comunicarme que había tomado la decisión de quitarse la vida este fin de semana con 125 pastillas somníferas. Me dijo, en llanto, que ya había intentado todo, pero que la situación estaba tan jodida que no encontraba ningún trabajo, por pinche que fuera. Lloré con él, estupefacto y afligido, y le supliqué que no lo hiciera, que todavía haríamos un intento. En media hora le conseguí cinco mil quetzales para que pueda pagar la deuda de su cuarto y vivir dos meses más, bajo la promesa de no suicidarse.

Hoy me dirijo a todos los que leen este grito agónico para que me ayuden a encontrar una solución para Donnerick, hombre de cuarenta y cinco años, con buena salud, inteligente como pocos, excelente chofer y conversador. Ayudémosle a encontrar un trabajo cualquiera que le permita ganar por lo menos dos mil quinientos quetzales mensuales. Yo respondo por su honestidad y seriedad. Pero por favor, ayudémoslo. La persona que pueda, comuníquese conmigo al e-mail rauldelahorra@gmail.com. Gracias de todo corazón.

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