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Hoyo Negro

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SOBREMESA

En la parte más olvidada y lejana de la casa estaba el cuarto de chunches, lugar en donde iban a parar todas las cosas inservibles o que estaban de más en la casa, pero “cuidado”, repetía mi madre, “hay que guardarlas bien, porque algún día puede que sirvan y nos saquen de algún apuro”, pues siempre supo que llegaría la peste negra o el gran sismo, como los que había vivido en 1917 y 1976.

Nadie sabía a ciencia cierta qué estaba escondido en aquel recinto húmedo y oscuro ubicado pasadito el segundo patio, cerca del naranjal enclenque y huesudo, ya que por muchos años fue acumulando a fuerza de rempujones, los sobrantes de la familia o que podría necesitarse de nuevo, “por si acaso”, como las facturas y escrituras públicas viejas. “Van a encontrar tesoros”, nos advertía mi madre con un dejo de tristeza pensando en la alta repisa de metal,  donde guardaba el rebalse de las colecciones de periódicos y revistas en inglés y francés, el Paris Match, Life y Look, que por décadas compró mi padre cada domingo en el Palacio de las Revistas, a la salida de misa de 10.

La biblioteca de mis antepasados fue a parar al Hoyo Negro, nombre que mi madre dispuso para aquel cuarto desordenado y polvoriento, lleno de libros compartiendo con objetos tan extraños como un caballo gigante de felpa color marrón, con plataforma de madera y ruedas, semejante al caballo troyano, o mi triciclo rojo y la gran olla timbona de peltre desportillada en donde cocinábamos los tamales para Navidad.

De la casa de mis abuelos llegaron las cosas más raras y simpáticas, como un equipo completo para la elaboración de flores de tela de seda para adornar sombreros, que mis tías habían comprado en París días antes de embarcarse a la patria, junto con un juego de críquet, una radiola del tiempo de la guerra y un fonógrafo de aguja, además de una colección de discos de música romántica en francés, que las tías habían traído cargando a Guatemala para ayudarse a sobrellevar  lo que ellas describían como el aburrimiento de la vida chapina o, en otras palabras, la soltería.

Cuando falleció mi padre, el Hoyo Negro llegó a su límite. Allí fueron a parar sus archivos y libreras de metal repletas de papeles y libros. Sus planos de ingeniería trazados a mano alzada quedaron sepultados. Sus múltiples escritos de teología, poesía y sus ensayos filosóficos sobre la necesidad de implementar la profesionalización del obrero y la productividad para salir de la pobreza fueron a dar a una inmensa caja de cartón en donde mi madre ordenó, desde lejos y vestida de luto, colocar, con el mayor cuidado posible, el sin fin de cartapacios de colores con sus escritos y discursos escritos a máquina, porque solo de verlos en la librera de la casa le provocaba la más honda de las tristezas.

No hace mucho, decidimos desmantelar el Hoyo Negro, el último bastión de la familia. Giramos dos veces la llave a la izquierda y con mascarilla en boca, comenzamos la labor de derribar torres, descombrar y desmantelar anaqueles y bultos, tal como lo habrían hecho los exploradores de las ruinas mayas. La tarea no ha sido fácil, porque implica deshacerse de una vez por todas, sin concesiones ni miramientos, de generaciones de objetos inútiles, de papeles, cartas y recuerdos de nuestros antepasados, de los últimos  despojos de la familia, digo, como algo definitivo y doloroso, como extenderle finiquito al pasado.

mariaelenaschlesinger@gmail.com

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